Manuela de Madre y la Caja Roja

La Caja de las Trolas

José García Domínguez
Igual que Pandora fuera creada por Zeus como castigo a los humanos tras haberles revelado Prometeo el secreto del fuego, los barandas del PSC acaban de girarnos contra reembolso a Iceta y su Caja de las Trolas, en venganza por difundir en voz alta el Estatuto. A mas a mas, como las desgracias nunca llegan solas, cuando uno entreabre esa cuquísima bombonera de Miquel, ansiando liberar a la Esperanza de su cautiverio, ¡oh! fatum cruel, se le cuela en casa Manuela de Madre disfrazada de maestrilla patriota, facción Rosa Sensat. Dos por el precio de uno, como decía el otro.
 
Pues, bajo una lujosa encuadernación de los lagrimones de Espriu, padre de la lírica catalana de la posguerra y hermano del jefe de la Falange en Barcelona durante la misma época, la caja-trampa esconde la Opera para primos número uno de Manuela o Cómo vender más motos que Suzuki en sólo un par de folios. Porque la onubense De Madre, ni corta ni perezosa, nos revela en el fondo del estuchito el secreto mejor guardado de los Anales: el año exacto de la fundación de la otra Atlántida, el Reino de Cataluña-Aragón.
 
Inicia Manuela a los ignaros sin cortarse ni un pelo, como suele; y a la brava nos hace pasar por el arcano. De tal guisa, con el loable propósito de desasnar al prójimo, la erudita de Santa Coloma prologa unos “Apuntes sobre la Historia de Cataluña” que erupcionan tal que así: “La unión matrimonial de Ramón Berenguer IV con Petronila de Aragón (1137) dio origen al Reino de Cataluña-Aragón, el cual, a parte de estos territorios y los de Provenza y Rosellón, fue incorporando sucesivamente las islas Baleares, Valencia, Sicilia, Córcega, Cerdeña, Nápoles e, incluso, Atenas y Neopatria”. Con dos. Con lo que hay que tener, como, a no dudar, volverá a titular Tom Wolfe cuando descubra que el gran personaje que lleva veinte años buscando corretea suelto por el Parque de la Ciudadela.
 
Y para qué le va a explicar usted a Manuela que ni siquiera los términos catalán y Cataluña existían en 1137. O que Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, en lugar de proclamarse rey del Oasis Nasciturus, se declaró vasallo de Alfonso VII, el titulado Hyspaniae Imperator. O que los cronistas medievales catalanes, como Muntaner o Desclot, aún no cobraban la nómina en el Avui; de ahí que retrataran a los soldados locales entrando en combate al grito de “¡Aragón! ¡Aragón!”. O que esa leyenda de la Confederación catalano-aragonesa es más falsa que los Rolex que repartía Bono en Kabul. O que otro hijo del Sur como ella, Antonio Villarroel, el general de las tropas catalanas durante el asedio borbónico de 1714, imprimió en su proclama: “Luchamos por nosotros y por toda la nación española”. O que con una caja tonta ya teníamos bastante y no necesitábamos la suya.
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