Caixa Catalunya

La Caixa de Pandora

José García Domínguez
Algún día se documentará cómo fue fabricada la elite actual de Cataluña en las meriendas que ofrecía el presidente de La Caixa a unos jovencitos casi imberbes a mediados de los sesenta. Hombre previsor, Narcis de Carreras, entre sorbito y sorbito de chocolate, se preocupó entonces de formar políticamente a los vástagos de las grandes familias que dirigieran la Lliga de Cambó. En aquellos encuentros, entre galletita y galletita, su sobrino Narcis Serra aprendería las artes que en ningún master se enseñan. Por ejemplo, la astucia de hacer pública una información en el instante justo para que pase inadvertida a todo el mundo. Así, aquel alumno aplicado se acaba de merendar la segunda entidad financiera de la región, Caixa Catalunya, sin que la noticia haya aparecido en ninguna portada de periódico.
 
A Serra, lo que le venía de gusto, como se dice por aquí, era la otra Caja de Pandora, La Caixa de tío Narcis, aunque de momento se habrá de conformar con la pequeña. Porque en la apetecible de verdad, Ricardo Fornesa está acreditando ser un activista más entusiasta aún, si cabe, de las renovadas esencias del nacional-populismo financiero que propugna el tripartito. Diríase que en el logotipo de la estrella azul de cinco puntas y las manchas roja y amarilla, quiere descubrir la desconstrucción de la bandera independentista que otros malpensados intuyeron antes.
 
Y es que quedan lejos los tiempos en que Macià Alavedra pretendía crear el gran banco nacional catalán de la mano de aquel chico ejemplar, Javier de la Rosa, y su Consorcio Nacional del Leasing. Ahora, los nuevos almogávares llamados a liberar el Reino de Aragón para su señor Maragall, siguen acampados en la Avenida Diagonal, aunque en otra fortaleza: la Torre Negra de Caixa de Pensions. Desde allí se diseña el asalto a la gran industria peninsular con el que los nacionalistas sueñan doblegar a esa bestia horrenda que ellos llaman “Madrit” y los demás, España.
 
Porque los Audi con los cristales tintados del tripartito no sólo se han adentrado en Francia camino de Perpiñán; también aparcaron en París, donde sus ocupantes se empaparían la doctrina de los “campeones nacionales”. Se trata de esa versión renovada de la alianza entre el Trono y el Altar que ha pergeñado Chirac: la idea de crear grandes conglomerados financiero-industriales, aliados en matrimonio indisoluble con un poder político fuerte. Entre sorbito y sorbito, con ideas parecidas debían fantasear en aquellas meriendas en el despacho del presidente del Barça –Sí, tío Narcís también presidía el Barça–. Pero aún habrían de pasar cuarenta años hasta que Carod y Maragall dispusiesen de escuderos tan eficaces como Isidre Fainé y Fornesa; esos dos cruzados de la causa que, entre opa y opa, intentan convertirlas hoy en realidad.
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