La cacería de los socialistas mutantes

José García Domínguez

Nosotros, los hijos de baby boom, esto es los españoles que hoy andamos entre los 43 y los 57 años, por más señas la última generación que todavía guarda un recuerdo personal y directo de la dictadura, tenemos interiorizada en lo más hondo, sin duda por la naturaleza de los materiales de derribo que dieron forma a nuestra educación sentimental allá cuando el tardofranquismo y los albores primeros de la Transición, la mitología de las dos Españas. Tan dentro llevamos aquella añeja dicotomía machadiana que, en el año diecisiete del siglo XXI, aún nos cuesta trabajo entender que ya no hay dos, como siempre creímos, sino cuatro. Porque cuatro son las Españas que conviven ahora mismo en la Península. Y apelo, como pronto se verá, a la taxonomía de Jaime Miquel. Primero está la España del Partido de los Pensionistas, la de los cuatro millones y pico de octogenarios que vinieron a este mundo antes de que empezase la Guerra Civil, la misma que vota en bloque y sin fisuras a Rajoy. La segunda España es la de los hijos de la autarquía, gentes nacidas entre el el 39 y el 58. Hablamos de nueve millones de almas en números redondos, una cuarta parte del censo electoral. Es la España que sabe en primera persona lo que significa pasar hambre y penurias, y acaso por eso mismo se muestra tan renuente por norma a los experimentos y las novedades políticas. Ahí tienen su más extenso granero de apoyos, y con notable diferencia, tanto PP como PSOE.

La tercera España, esa mía que mencionaba al principio, una cohorte generacional de transición en todos los sentidos, ya reparte sus querencias de modo mucho más equilibrado entre Podemos y las dos siglas del bipartidismo. Así, en torno a un veinte por ciento de sus efectivos opta por cada uno de ellos. Sépase por lo demás que sumamos cerca de diez millones, aproximadamente un 28% del censo. Y después vienen ellos, esos doce millones de jóvenes nacidos a partir de 1974, el enorme colchón sociológico donde fue concebido Podemos, una tropa a la que Franco le suena tan lejano, ajeno y exótico como Tutankamón. Por razones estrictamente biológicas, amén de cuantitativas, esa cuarta España es la llamada a decidir el futuro mediato del país. Y ello porque el eje principal en torno al que se establece la confrontación política en este tiempo nuevo ya no resulta ser tanto el ideológico como el generacional. E igual entre los partidos de la derecha que entre los de la izquierda. Así las cosas, la vieja guardia del PSOE, que como su propio nombre indica es eso, vieja, nunca hubiera podido recuperar para la causa a los que algún sociólogo ha bautizado como "socialistas mutantes", esos cinco millones de menores de cuarenta años que han desertado del partido de Pablo Iglesias para irse con el otro Pablo Iglesias.

Pues, aunque únicamente fuese por razones de orden estético, no hay ningún código, ninguno, que un votante estándar de Podemos comparta con ese genuino arquetipo de las antípodas de la modernidad que responde por Susana Díaz. A ojos de un millennial urbano y nativo digital, Díaz no es que venga de otra región, es que viene de otro sistema solar. En cambio, Pedro Sánchez, a fin de cuentas un producto convencional de las clases medias madrileñas, sí está en disposición de manejar un lenguaje, tanto verbal como no verbal, que al menos resulte susceptible de ser decodificado por la clientela de Podemos. Pero también ocurre que ningún español mayor de sesenta años está dispuesto a votar a un tipo con coleta, se ponga como se ponga. En el fondo, es así de simple. Los viejos, es sabido, no cambian. Nunca. Iglesias nada tiene que rascar, y es de suponer que a estas horas lo sepa, en las dos primeras Españas. Ergo, y a partir de ya, la confrontación entre PSOE y Podemos se centrará de modo obsesivo en la lucha por tratar de captar, o en su caso retener, a esos jóvenes. ¿Lo conseguirán los socialistas? Estoy convencido de que no. Pero eso será materia de otro artículo.

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