Sarkozy

La burra ciega

José García Domínguez

La derecha española, siempre tan fiel a esa tradición suya de comprar cualquier burra ciega que huela a perfume francés, bien haría en releer a Revel antes de echar las campanas al vuelo por el candidato favorito de Giscard d´Estaing. Es más, hoy no debería abrir la boca sin haber memorizado aquella advertencia con que el viejo Jean-François nos previno contra los tipos como ese falso vaquero de Marlboro: "Hablan de Tocqueville pero, no te engañes, sólo es por buscar en sus páginas el rostro de Luis XV".

Y es que cualquiera que se haya acercado a La France qui tombe, la lúcida radiografía del declive galo obra de Nicolas Baverez, tendría que haber comprendido ya que ese "Sarko" forma parte del problema, no de la solución. El ensayo es el retrato de un Estado que invierte el siete por ciento de su PIB en educación para conseguir la proeza de un doce por ciento de analfabetos funcionales entre los adolescentes que salen de sus colegios. La instantánea de un páramo donde el cuarenta por ciento de los universitarios no acaba jamás sus estudios. La foto en sepia de una sociedad en descomposición en la que el partido más votado por la clase obrera resulta ser el Frente Nacional de Le Pen.

Pero, sobre todo, constituye la crónica forense de cómo los derechos privados de la aristocracia republicana –esos privilegios de la alta y la baja nobleza funcionarial que generan sus rentas gracias a la expansión indefinida del déficit público– han asfixiado hasta el óbito a la sociedad civil. Al cabo, la agónica excepción francesa que disecciona Baverez no refleja más que la degeneración estamental del matrimonio de conveniencia entre marxistas y socialcristianos en torno al capitalismo de estado que ya no se sostiene en ninguna parte. Y eso, precisamente eso, justamente eso, es lo que el falso vaquero no tiene la más mínima intención de cambiar.

Por algo, la Francia que incluía en su gobierno a Sarkozy decidió liderar el frente continental contra el modelo yanqui. Pues, para ellos, es evidente que si durante la última década el PIB de EE.UU. ha crecido a una tasa media del 3,7 por ciento anual frente al 2,1 por ciento de la Unión Europea, quien tiene un problema de eficiencia no es Europa. Y si el PIB por habitante de la Unión Europea apenas alcanza el 64 por ciento del norteamericano, el diagnóstico del todo París resulta inapelable: sobre todo, no habría que imitar bajo ningún concepto a Norteamérica.

Que nadie se llame a engaño: también el vaquero ful es proteccionista, reglamentista, chauvinista, nacionalista, antiliberal y, lo peor de todo, francés hasta la médula.

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