La bomba secreta de China

José García Domínguez

En el viejo mundo de ayer, el mismo que ahora amenaza con salir de su tumba provisional convertido en el nuevo devenir de mañana, el de la Guerra Fría y el enfrentamiento permanente y ubicuo entre dos bloques antitéticos en todo, si alguien hubiera asegurado que el destino de la primera economía capitalista del planeta, la de Estados Unidos, estaba en manos del Comité Central del Partido Comunista Chino, las carcajadas hubieran resonado desde Alaska hasta Hawai. Y con razón. Sin embargo, justamente eso es lo que ocurre hoy, aquí y ahora. Y es que, por inconcebible que suene, la estabilidad macroeconómica de Norteamérica está en manos ahora mismo de Xi Jinping.

Y no se trata de una licencia más o menos retórica o literaria, sino de una evidencia absolutamente literal. De ahí lo teatral de fantasear, tal como acaba de hacer cara a la galería televisiva Joe Biden, con sanciones a China por su apoyo ya indisimulado a Rusia. Biden no puede amenazar en serio a China con nada, con absolutamente nada, porque eso sería lo mismo que amenazar a su pie derecho con dispararle un tiro en caso discordia. Y ello es así por la muy simple y también muy desoladora razón de que el puesto de primer inversor mundial en títulos de deuda pública de los Estados Unidos de América resulta ocuparlo una entidad financiera asiática llamada Banco Nacional de la República Popular China.

Si los dueños de esas letras del Tesoro yanki fuesen europeos, tal como ocurrió hasta finales de la década de los ochenta, no pasaría nada. Como tampoco nada pasaría si, al modo de lo que sucedió a continuación, resultaran ser japoneses. Pero es que ahora son chinos. Y no unos chinos cualquiera, sino el mismísimo Estado chino. Toda una bomba de relojería financiera andante. Porque si Estados Unidos consiguiera irritar al dueño de esos millones de documentos al portador por lo que fuera, por ejemplo por Ucrania, a Xi Jinping le bastaría con impartir a sus propios la orden de venderlos de golpe en el mercado para provocar, y en el acto, un cataclismo sistémico en el corazón de la economía norteamericana y, por extensión, en toda la occidental. Biden está en sus manos. O mejor, en su cartera.

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