La Alta Inspección Educativa es una broma

José García Domínguez

Acaso con la única excepción del defensor del pueblo de Cataluña, ese goloso chiringuito del Síndic de Greuges que disfrutan ya de modo vitalicio Rafael Ribó y su joven jefa de gabinete, la señora Judith Macaya, no debe de haber otro organismo público en toda España que posea un nombre más engañoso que la llamada Alta Inspección Educativa, la dependiente del Gobierno de la Nación. Porque no es alta, ni se dedica a inspeccionar absolutamente nada, ni tampoco nada tienen que ver con la educación de los escolares españoles la práctica totalidad de los rutinarios cometidos burocráticos que constituyen su oscuro quehacer cotidiano.

Y es que eso tan rimbombante, lo de "alta inspección", parece que quiere sonar a autoridad principalísima y jerárquicamente superior a las otras, las ordinarias que ejercen los funcionarios dependientes de las respectivas consejerías de Educación. Pero es falso. Sencillamente es falso. La Alta Inspección, contra lo que pretende insinuar la trola de su nombre, no posee superioridad jerárquica ninguna sobre las autoridades de las autonomías. Ninguna. Es solo humo retórico para impresionar a los simples. Así las cosas, el genuino problema no reside en que la Alta Inspección solo disponga ahora mismo de dos funcionarios en todo el territorio de Cataluña, demarcación hablada por siete millones y medio de almas, a fin de verificar el cumplimiento de la sentencia del 25%.

Es que si tuviese dos mil el problema seguirá siendo el mismo. La gente no lo sabe (porque no se quiere que lo sepa), pero el cometido casi exclusivo de la Alta Inspección consiste en homologar títulos extranjeros en España y títulos españoles en el resto del mundo. A eso se dedican. A eso y a redactar anualmente unos voluminosos papeles que no lee nadie donde se agrupan las normas en materia educativa promulgadas por cada comunidad autónoma. O sea, que se pasan la jornada haciendo fotocopias. Ah, se me olvidaba, también es cometido suyo gestionar todo lo relativo a los profesores de Religión de Primaria en aquellos territorios donde no está transferida la competencia. Punto y final. Ahí empiezan y acaban las funciones reales de la Alta Inspección Educativa. Lo dicho: ni alta, ni inspección ni educativa. Solo otra broma.

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