Beatificación

Karol Wojtyla

José García Domínguez

Como más de una vez se tiene dicho aquí, a algunos agnósticos nos ocurre aquello que dejara escrito Ricardo Reis en El libro del desasosiego antes de perderse definitivamente entre el alcohol y el delirio por los callejones más sórdidos de Lisboa. También nosotros pertenecemos a una generación que dejó de ser católica por el mismo motivo que sus padres lo fueron: sin saber por qué. Acaso de ahí que respecto al cristianismo nos suceda algo parejo a lo que confesaba José Bergamín de su muy personal adscripción al marxismo-leninismo: "Con los comunistas, hasta la muerte, aunque ni un paso más".

Pues, al modo del beato Karol Wojtyla, tampoco nos concedemos ceder a la tentación de confundir relatividad y relativismo. Supremo dogma de fe contemporáneo, esa superstición institucionalizada, la que implacable ordena la muerte de los absolutos. Que no otro habría de ser el corolario posmoderno del "todo vale" predicado por los eternos adolescentes del sesenta y ocho. Así, nuestros James Dean del laicismo militante, ya algo fondones y alopécicos, pero aún amotinados por norma contra "las jerarquías" del Vaticano. Y es que los cardenales de la Curia se empeñan sistemáticamente en desoír sus mandatos; en especial, la orden tantas veces cursada de que sea investido papa algún híbrido entre Antonio Gala y el Pare Manel.

Mas ellos, erre que erre, promoviendo a los altares no solo a devotos creyentes, sino a practicantes de estricta obediencia canónica. En el fondo, lo que les irrita no son sus principios sino el arcaísmo, en sí subversivo, de que los posen. Por algo les faltaría tiempo para tildar de reaccionario a Juan Pablo II. Wojtyla, al igual por cierto que su sucesor, incurría ante sus ojos en el más imperdonable delito de lesa modernidad, a saber, rehuir el eclecticismo moral que predica seleccionar los principios y los valores con el mando a distancia del televisor; mantra nihilista que rebaja los viejos imperativos éticos a triviales opciones, prosaica cuestión de gustos y apetitos en última instancia. "¿Cuántas divisiones posee el Papa?", inquirió en su día aquel viejo ex seminarista, Stalin. Hubo que esperar décadas hasta conocer la respuesta que llegaría de Cracovia. "Las suficientes a fin de poner en desbandada histórica al Ejército Rojo: ninguna, salvo un credo".

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