Cuba

Juanes, el último tonto útil

José García Domínguez

Pocos personajes tan patéticos habrá generado el animalario político del siglo XX como el tonto útil, aquel clásico que todo partido comunista que se preciase debía manejar tras las bambalinas con tal de ganar influencia entre los refractarios a la inmersión a pelo en la catequesis leninista. Así, allí donde no podía llegar la organización, llegaba presto el tonto "comprometido", por lo general, algún ilustre intelectual pagado de su propia tontería, preciadísimo atributo que dotaba de un inconfundible aura de autenticidad a sus propagandísticas necedades.

Y es que, por contraposición a otra figura coetánea, la del compañero de viaje, casi siempre un cínico movido en exclusiva por el afán de dinero, influencia o poder, la idiocia del tonto útil solía ser genuina, sin conservantes ni colorantes. No había pose y menos trastienda en su lerdo proceder: el tonto útil era en verdad tonto, de ahí su dimensión tragicómica. Quizá el paradigma canónico de tanta estulticia al servicio del mal lo represente George Bernard Shaw, quien, como es fama, arrojó por la ventanilla del tren su provisión de alimentos al atravesar la frontera de la URSS con tal de demostrar al mundo que en la patria del proletariado no había escasez. Eso ocurría en 1932, es decir, al tiempo que siete millones de ucranianos morían de hambre.

Por lo demás, como todo degenera, ese muy agradecido papel de tutores y guías espirituales de la Humanidad que los intelectuales consiguieron robar a los curas hace unos doscientos años, lo ejercen ahora cantantes, músicos y otras gentecillas de la farándula. Razón de que fuera Juanes el designado para representar el penúltimo remake castrista del célebre figurón. Pues sólo un tonto de capirote puede creer posible escindir actividad pública y propaganda política en el seno de un régimen totalitario.

En un sistema que, a diferencia de las dictaduras comunes, ni concibe la existencia de vida privada al margen de las obligaciones comunitarias, ni mucho menos tolera la simple indiferencia entre sus súbditos. Porque no le basta con saberse obedecido: exige de sus víctimas que, además, lo amen. Por eso, en un Estado que empeña las veinticuatro horas del día en colonizar las conciencias, todo, sin excepción, es política. Por eso, en La Habana, simplicísimo Juanes, callar es mentir.
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