Ley del Menor

Jóvenes criminales

José García Domínguez

No pasa un día sin que otro menor cometa la mayor de las atrocidades. Cuando no se trata de gratuito vandalismo, son crímenes brutales, o violaciones, o... Por lo demás, impunes, sin excepción, todas. La Ley del Menor, es sabido, ampara su gozosa irresponsabilidad. E igual la de sus pares, los adultos por decreto infantilizados. Así, el optimista antropológico, con esa intuición tan suya para captar el espíritu de los tiempos, suscribiría la enmienda del PSOE que eximió de ir a prisión a los delincuentes confesos de entre 18 y 21 años.

Tiempos de sanchopanzas y de veletas, los nuestros; también de eternos adolescentes. Época propicia, pues, para que la izquierda, hija putativa de Rousseau, terminara de una vez su viaje moral a ninguna parte. Por eso, tras hacer parada y fonda en el viejo Marx, ha encontrado, por fin, sus señas de identidad crepusculares en Peter Pan: la infancia infinita; un mundo que se pretende sin precios ni costes; el ansiado desierto ético en el que, poco a poco, las elecciones personales estén llamadas a desprenderse de aquella obsoleta, pesada, angustiosa carga, la conciencia.

Como si el mal, simplemente, no existiera. Ni tampoco la voluntad. Y es que en su utopía pueril, lo perverso, lo siniestro, lo criminal, apela en rigurosa exclusiva a las "estructuras sociales". Son ellas , y sólo ellas, quienes arrasan, violan, mutilan o asesinan. No los seres humanos de carne y hueso. Ellos apenas se limitan a obedecer el mandato inapelable de su abstracta, fiera, impersonal arbitrariedad. Así, en puridad, quien forzó a esa niña deficiente de Huelva, no fueron esos siete jóvenes de entre 13 y 17 años que detuvo la Guardia Civil, sino "el sistema".

El mismo sistema que poco antes había violado a otra niña a plena luz del día en una piscina de Baena. Al cabo, ellos, sus angelicales brazos ejecutores, más que criminales jóvenes son jóvenes criminales. O sea, miembros de una nueva especie biológica. Una bioclase social aforada por su propia naturaleza, que en ningún caso habrá de ser juzgada por las consecuencias de sus actos. Trátase de seres al fin asistidos por el inalienable derecho a dormir el sueño de la infancia infinita. Igual que su solemne mentor, por cierto.

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