Jordi Turull, el apparatchik triste

José García Domínguez

Quizá merezca estos tres párrafos antes de pasar para siempre al olvido. Jordi Turull i Negre, el apparatchik de la triste estampa que acaba de realizar su último acto rutinario de servicio a esa realidad paralela en la que vive instalada la comunión catalanista, ha cumplido el mandato como un probo funcionario del poder podía hacerlo: leyendo un trozo de papel anodino con vocalización cansina y mirada ausente. Ese Turull i Negre vino al mundo en un lugar que ya no existe, el Parets del Vallés de 1966, un pueblín de apenas tres mil almas catalanoparlantes. Hoy, el bloque de hormigón que conserva el mismo nombre acoge a más de 20.000 residentes estables, la gran mayoría de ellos castellanohablantes descendientes de los andaluces que se afincaron allí cuando ese abatido y circunspecto Turull i Negre aún no había hecho la primera comunión. Hay muchos Parets del Vallés en la segunda corona metropolitana que rodea a Barcelona. Y en los cascos antiguos de todos ellos abundan como setas otros tantos alter egos de Turull, catalano-indigenistas imbuidos de una mentalidad tradicional que remite al agro y aferrados a la nostalgia romántica de un tiempo en el que los otros, els castellans, aún no habían hecho su indeseada aparición en escena. Esa mentalidad y ese carácter, mentalidad y carácter que nada tienen que ver con los rasgos canonicos que retratan a la burguesía en todas partes, son los que definían el cuadro psicológico canónico de lo que fue la base social de las difunta CDC.

Porque Turull era (procede ya hablar de él en pasado) un convergente de libro. Es fácil imaginarlo con sus chirucas, su cantimplora y su mística pagana del culto a las montañas pedáneas, marchando en fila india camino de Montserrat o del Canigó. O ejerciendo de maestro de cerenonias en alguna calçotada de hermandad con los amigos de la colla. Y como buen convergente de segunda generación, los que a diferencia de los históricos ya no tuvieron que vivir de un oficio privado antes de entrar en política, Turull nunca ha conocido otra actividad profesional que la que se deriva de hacer del nacionalismo una fuente permanente de rentas. Nunca. Empezó a los 24 años con una nómina de asesor en su Parets mítico, continuó luego facturando cada fin de mes en un innúmero carrusel de abrevaderos institucionales, hasta llegar a sus 51 actuales aún virgen de la menor relación de promiscuidad con nada que se parezca a una actividad lejanamente relacionada con el sector privado. Turull es el hombre a un escalafón pegado. Una trayectoria saltando de nómina pública en nómina pública para cuya feliz concatenación resultó fundamental su relación de afinidad personal, moral y política con Oriol Pujol, el tapado que cayó en desgracia tras airearse la trama de las coimas de la ITV. En cualquier otro lugar de Occidente, aquella foto suya acompañando al hijo bienamado del patrón cuando acudía a declarar como imputado ante el TSJC por un asunto de latroacinio aún presunto, habría acabado de modo súbito con la carrera política del insensato de turno.

En Cataluña, en cambio, semejantes paseillos frente al ruedo judicial constiyuyen en mejor aval para entrar en las quinielas de los presidenciables. Al cabo, Turrull encarnaba en su anodino posar la definitiva incapacidad de eso que ahora se hace llamar PeDeCAT para romper el cordón umbilical que lo sigue atando a la herencia corrupta de CiU. Un hedor tan familiar como inconfundible (Turull incluso apareció nombrado de forma expresa en la sentencia por el desfalco convergente del Palau) que no ha sido un factor menor en el rechazo final de la CUP a su candidatura. Turull eera (relativamente) joven, pero a ojos de los jóvenes independentistas de verdad, representaba un catalanismo añejo y periclitado. El catalanismo de los oportunistas y de los cinicos siempre dispuestos a jugar con media docena de barajas marcadas al mismo tiempo. Uno de los efectos no esperados del colapso final del procés ha sacado a la luz a una generación de catalanistas jóvenes, radicalizados y doctrinarios que se empeñan en creer posible la republiqueta. Son esos que ahora quieren en serio que se proceda a implementar en la realidad el afarolado testicular de octubre. Y Turull no les servía. Ya no. Ni él ni sus lágrimas de Boabdil rechoncho, administrativo y comarcal. Seguimos, pues, para bingo. Y que la trena le sea propicia.

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