Secesionismo

Joan Laporta

José García Domínguez

Parece que el cesante Laporta anda averiguando si un millón de catalanes estarían dispuestos a ponerle despacho, intendencia y una renta a cambio de ser liberados del yugo español sin comisión de apertura y en cómodos plazos. Todo un chollo aun considerando la hiperinflación de Garibaldis de campo y playa que se ha desatado en el mercado doméstico de un tiempo a esta parte. "Busque, compare y si encuentra una ganga separatista más barata, compre", diríase que prescribe su soberana sonrisa Profident.

Y es que el interino Laporta, como buen traficante de emociones, vende parcelas en la Luna a precio de saldo, más baratas que una bolsa de regaliz en una tienda de chinos. Por lo visto, el desahucio por derribo de España va a ser Jauja con el diletante Laporta. Nada, coser y cantar, un juego de niños. Los otros comparecen con anodinos programas electorales, el alquimista Laporta, en cambio, nos trae magia potagia en estado puro. Así, lo que no consiguió la geoestrategia afrancesada de Pau Claris ni los escamots de Dencàs y Badia promete imponerlo él con apenas un par de meneos de pelvis en la pista de baile de Luz de Gas.

Aunque sería injusto inferir de ello que el libertador Laporta no trae bien aprendida la lección. Al contrario, el suyo ha sido un ejercicio de síntesis soberbio, admirable, magistral. El solipsista Laporta ha logrado destilar hasta el mínimo común denominador toda la pornografía sentimental del pujolismo junto al de por sí elemental reduccionismo tribal de la Esquerra. ¿El resultado? Una pastilla de caldo Magi identitario: Avatar, los siniestros españolistas arrasando el bosque sagrado de Casa Nostra y los pobres indígenas, acoplados todos juntos y en unión a la Pachamama pairal en alucinógeno trance místico. Cinco siglos de historia condensados en un guión de dibujos animados para consumo de encefalogramas planos.

Por lo demás, lo muy imperdonable del macho man Laporta no es que mezcle la política con el fumbol, sino la ginebra con el champán, ese anatema tan caro a los garitos de medio pelo donde nuestro Edmon de Valera del Todo a cien gusta impartir magisterio cívico. En fin, quizá Cataluña requiera un estadito propio. Asunto bien distinto, sin embargo, es si necesita también un chulopiscinas venido a más. O sea, a Mas.
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