Estatuto

Jaque mate

José García Domínguez

Einstein sostenía que si la tercera guerra mundial fuese nuclear, la cuarta se resolvería a pedradas. Y sólo con el Estatut cabe pronóstico tan cierto como ése. Porque si el Parlamento acaba avalando lo que han maquinado ZP, Maragall y la partidas de Mas y Duran, nada más seguro que la proclamación de Cataluña como Estado independiente, antes de quince años, cuando la próxima reforma. Pues, ayer, tal como debe prescribir el gran Pettit –en secreto, a oscuras y de madrugada– un ex directivo financiero de Casinos de Catalunya S.A. y el hombre a quien el Chino y el Tunecino querían ver en La Moncloa, acordaron ni más ni menos que la defunción por eutanasia de la soberanía nacional española.

Así, el sucesor de aquel Pablo Iglesias que en 1888 fundara la UGT en Barcelona, y un no menos legítimo heredero del Doctor Robert, el tipo que se empleaba en medir los cráneos de los charnegos por la misma época, celebraron, felices, desposeer de la condición de ciudadanos a la mitad de los catalanes. Qué gran avance de la ciencia en apenas un siglo: el control de la pureza nacional, empeño que antes requería de arduos peritajes sobre las cabezas, por mor del Estatut se logrará con sólo seccionar la lengua a la gente. Porque, gracias a Zapatero y a ese antiguo empleado de Artur Suqué, a partir de ahora se podrán fijar, al fin, dos castas entre los lugareños: los catalanes justos y bondadosos –quienes superen el examen del Nivel C– y el resto, los apátridas realquilados con derecho a cocina.

Y también así, el último descendiente de aquel Largo Caballero que se decía el Lenin español, y los muy acreditados legatarios de ese Umberto Bossi con barretina que respondía por Jordi Pujol, sellaron, ufanos, el cuarteamiento en jirones del Fisco ex­–español. De ahí que si no erró nuestro sosias castizo de Maquiavelo, el que sentenciara que el Estado es Hacienda y la Guardia Civil, en Casa Nostra del Leviatán no van a quedar ni las migas. Porque los tricornios ya fueron expulsados en su día; y ese cambalache de administración tributaria consorciada que acaban de cocinar durará menos que un talón por cursos subvencionados ante la sede de Unió. Ya lo ha anunciado el gran crupier de Convergencia: “A partir de ahora, constituirá la contrapartida principal que perseguirá CiU cuando establezca pactos parlamentarios en las Cortes”.

Mientras tecleo el final de este artículo, en la radio acaban de leer la redacción definitiva del Preámbulo. Algo así como: “El Parlamento de España, recogiendo el sentimiento y la voluntad de ZP, ha decidido que la Nación deje de existir”. Si tiene suerte, sólo lo juzgará el Tribunal de la Historia. Pero va a necesitarla. Y mucha.

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