ZP-Rajoy

Instrucciones para perder un debate

José García Domínguez

Salir claramente perdedor de un seudo debate electoral en la televisión no es empeño tan sencillo como de entrada puede parecer a los no advertidos. De hecho, la experiencia enseña que la única estrategia capaz de garantizar la derrota cierta consiste en que no se celebre el propio seudo debate, tal como demostró Arriola en 2004. No obstante, si algún imponderable de fuerza mayor obligase a renunciar a ese óptimo, digamos paretiano, existen ciertas vías alternativas de alcanzar el mismo objetivo. Así, cuando no quedase más remedio que comparecer, lo aconsejable será tratar de tornarse invisible. A ese fin, la no personalidad que se debe ofrecer ante la audiencia ha de estar estudiada a conciencia con tal de lograr pasar absolutamente inadvertido.

De entrada, conviene acudir al muy contrastado recurso de abrumar con un sinfín de cifras ininteligibles a los votantes potenciales. Porque como lo más probable es que el contrario reaccione haciendo lo mismo, la gente aprovechará para llevar los platos de la cena a la cocina. Y, mientras ambos recitan al alimón el listín telefónico, la visibilidad de nuestro perdedor caerá en picado durante unos preciosos minutos. Además, se antoja fundamental que el pupilo se atenga estrictamente al guión diseñado por sus asesores de comunicación, prohibiéndose en todo momento improvisar. Al contrario, cada uno de los sintagmas e ideas que salgan de su boca deberán ser tan previsibles como los atascos de la Castellana, y ya mil veces repetidos con anterioridad. De ese modo, lograremos el ansiado efecto "déjà vu" imprescindible para anestesiar la atención de los curiosos. A ese respecto, tampoco habría que perder de vista los balsámicos efectos narcotizantes del lenguaje no verbal.

Se abstendrá, pues, nuestro hombre de incurrir en el menor gesto, ademán o simple entonación peculiar de la voz que connotaran poseer algo lejanamente parecido a un carácter propio. Repárese en que casi un tercio de los televidentes no va a comprender ni la mitad de la mitad de lo que comunique de forma expresa. Razón última de que no nos convenga poner en evidencia por esa vía indirecta al traje vacío que tendremos enfrente. Las frasecitas tontas que haya preparado el gabinete de expertos en frasecitas tontas no serán menos fundamentales a los efectos que nos ocupan. Si de lo que se trata es de que todo el mundo olvide inmediatamente el contenido de su intervención, cuantos más pareados, ripios, chistes y frasecitas tontas, mejor. Las televisiones los repetirán un millón de veces, y ya nadie enjuiciará jamás nada del resto de lo dicho.

Pero, sobre todo, lo fundamental será que el candidato no caiga en la trampa saducea de decir algo: podría ser usado en su favor.

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