Seguridad jurídica

Instrucciones para no ser Bolivia

José García Domínguez

Es sabido que un buen progresista es alguien atormentado porque cree tener una deuda con el resto de la Humanidad que está firmemente decidido a saldar con el dinero del prójimo; por ejemplo, con el de los accionistas del BBVA, que él en eso no tiene manías. Por lo demás, el buen progresista siempre es un poquito racista, aunque jamás de los jamases lo reconocerá. De ahí que pueda calzarse una camiseta del Che de vez en cuando, aunque nunca en la vida se enfundaría otra con la cara de Evo Morales. Ese corte de pelo tan de vocalista de Los Chunguitos, ese aire de reponedor del hiper... No, qué horror; por nada del mundo, ni que lo aspen. Sin embargo, a pesar de sí mismo, el buen progresista aún mantiene la fe ciega en el mito del buen salvaje. Y eso es lo que le fascina de Evo. No parecerá muy listo, pero está tan cargado de buenas intenciones...

Naturalmente, el buen progresista se exiliaría corriendo si un fulano como Morales amenazase con llegar al poder en España. Pero, ya se sabe, aquello es otra cosa, allí sí. Tan lejos y con esos pobres indiecitos tan vistosos, todos con sus ponchos y sus gorritos. Aunque el buen progresista, a veces, casi duda. Él ha constatado que Estados Unidos, un país creado en torno a la idea de los mercados libres, parece el ejemplo indiscutible del éxito del capitalismo liberal. Por el contrario, Bolivia, una sociedad organizada en base al mismo principio, parece el ejemplo indiscutible del fracaso del capitalismo liberal. ¿Cuál será la razón de la diferencia entre Estados Unidos y Bolivia?, se pregunta entonces el buen progresista mientras ordena su colección de camisetas de Custo Line.  

No puede ser –suele responderse– el populismo, esa teoría economía de las buenas intenciones en la que la irresponsabilidad política firma pactos de sangre con el resentimiento social a cambio de eternizarse en el poder. Pero ésa es la única gran diferencia. Y es que, para que cualquier lugar deje de ser como Bolivia, se impone realizar permanentemente inversiones que no serán rentables ni mañana ni pasado mañana. Por tanto, se requiere que los empresarios tengan la certeza de que sus derechos de propiedad van a seguir siendo respetados en el futuro. La única vía para dejar de ser Bolivia pasa siempre por ahí: por que los agentes económicos alberguen el convencimiento absoluto de que una instancia judicial independiente impondrá el cumplimiento forzoso de los contratos, si alguna de las partes se niega a hacerlo.

Porque si ese marco institucional no existe, o no es creíble, o está en precario por la presión del poder político, o es corrupto, o puede ser modificado en cualquier momento, entonces habrá comerciantes de jerséis a rayas y mercachifles; se comprarán y venderán cosas, pero nadie arriesgará en serio su capital embarcándose en actividades empresariales de verdad. Así nacen todas las bolivias. Y así mueren.
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