Chaves y el catalán

Inmersión a la andaluza

José García Domínguez

Siempre que no hubiera ningún micrófono a la vista, el malogrado gastrónomo Manolo Vázquez Montalbán gustaba de repetir que nada hay en el mundo que haga más felices a los catalanes de piedra picada que contemplar a un charnego agradecido. "Como yo", podría haber añadido aquel ilustre hijo de la provincia de Lugo. Aunque el prudente cinismo de los supervivientes le aconsejó esconder su muy personal confesión entre las páginas de aquellos novísimos poemarios que editaba Castellet con la certeza de que nadie los habría de leer jamás.

Huelga decir, pues, que a los nacionalistas les caen literalmente las babitas de satisfacción desde que se han enterado de lo de Chaves. Lo de Chaves, como el lector sabe, es esa nueva academia CEAC apadrinada por la Junta que capacitará a los andaluces con tal de acceder por correspondencia al diploma oficial de charnego agradecido. Sin moverse de casa, sin esfuerzo, sin gastos de envío, y a pagar en cómodos plazos de dignidad menguante. Pues de lo que se trata, según predica él mismo, no es de difundir la cultura catalana en Andalucía, sino de extender a la propia Andalucía una de las formas más patéticas de renegar de lo andaluz en Cataluña.

Así, el fin expreso de esos cursos no consistirá en que, por ejemplo, los de Jaén descubran que fue un paisano suyo, Pepe Ventura, quien se inventó las sardanas. Muy al contrario, lo que Chaves ofrece a su legión de quietos y paraos quedará en un triste salvoconducto gramático avalado por la promesa de abrirles las puertas de una garita de conserje en Barcelona. Un certificado idéntico, por cierto, al que ya ha servido durante veinte años para expulsar de la misma garita a otros tantos andaluces en la misma Barcelona. Con tres capas de maquillaje retórico y una ligera rayita de rimel semántico justo en la comisura del sentido de la vergüenza, se lo ha vendido así: "El objetivo es facilitar a aquellos andaluces que lo requieran su movilidad laboral."

Sin embargo, el muy cuco ha hurtado la información más trascendente. A saber, que la lengua catalana, a diferencia del resto de los idiomas que chapurrea el personal en el planeta Tierra, no consiste en otro vulgar sistema de signos útil para pedir café con leche en los bares, orientarse por los sitios, entablar conversación con el prójimo, y asuntos prosaicos por el estilo. De ahí que los futuros alumnos aún no sepan que el nivel C les abrirá las puertas nada menos que a una nueva identidad, la que sólo se adquiere a través de la inmersión en la norma de San Pompeu Fabra, tal como descubrirán en le primera plana del manual oficial de la cosa.

Que se lo pregunten si no a Montilla, que a estas horas ya debe ir por la página cinco. Como mínimo.

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