Sindicatos

Huelga general

José García Domínguez

Conforme al guión previsto, parece que las organizaciones sindicales van a hurgar en el fondo del baúl mitológico de la izquierda para sacar a relucir la huelga general. En fin, reflejos fieles del raquitismo congénito de nuestra sociedad civil, es de sobra conocido que tampoco ellas representan a casi nadie. Razón de que, entre otras regalías, sus jerarcas exijan ser mantenidos por el Estado como una burocracia parasitaria más. Un asunto, ése de la impúdica haraganería de las cúpulas gremiales, que suele enervar a cierta derecha cándida; la que nunca ha viajado en metro y que, por tanto, ignora lo muy útiles que resultan Comisiones y UGT con tal de diluir en la nada a la genuina disidencia antisistema.

A fin de cuentas, si la cofradía de los rinconetes y los cortadillos liberados, el innúmero ejército de pícaros sufragado con cargo al Presupuesto, no existiera, habría que inventarla. Igual que procedió hacer durante la Transición con la central socialista, resucitada a golpe de talonario ora alemán, ora yanqui. De ahí que, más que un paro general, lo que han de promover Toxo y Méndez será un psicodrama esquizoide: la airada revuelta a favor del Gobierno pero contra su política. Un simulacro escénico de apostasía frente al zapaterismo, el suyo, que en ningún caso debería contar con la complicidad del Partido Popular. A ese propósito, el de la tentación peronista y su corolario, el oportunismo electoral más burdo, hay quien recuerda ahora la torpeza cósmica de Fraga cuando el referéndum de la OTAN, error pueril que desarmaría intelectualmente a la oposición durante años.

Pocos hacen memoria, sin embargo, de otro yerro no menos absurdo, el del apoyo al pulso que le lanzara Nicolás Redondo a González, allá por 1988. Con la derecha toda, empezando por la prensa y acabando por la patronal, del bracete de los compañeros del metal, el paro resultó un éxito histórico. Consecuencia empírica de la gran hazaña: el Partido Popular aún hubo de esperar ocho años más antes de ganar unas elecciones. Frente a esa plaga crónica en el conservadurismo hispano, la de los maquiavelos de Atapuerca, prestos siempre a asaltar el poder como sea, por una vez, debiera imponerse la inteligencia política. Si alguna queda, claro.         

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