Ha ganado la Andalucía conservadora

José García Domínguez

Nadie acuse de originales a los andaluces. A fin de cuentas, acaban de hacer exactamente lo mismo que catalanes, madrileños, valencianos o baleares, esto es, refrendar con rutinaria inercia el desempeño institucional de un partido corrupto hasta el tuétano. Aunque no sé yo qué otra cosa cabría esperar en la madre patria de Rinconete y Cortadillo. La ya cargante moralina regeneracionista, ese sarampión de calvinismo impostado que impera en la España de charanga y pandereta mediática, el sucedáneo de las tertulias que aquí suple al debate de ideas, ha quedado reducida a su genuina esencia, mera cháchara escénica, en cuanto el pueblo soberano ha tenido la primera ocasión de reencontrarse con las urnas. Por si todavía alguien lo dudase, pues, acaba de quedar demostrado que Andalucía es España. El verdadero hecho diferencial andaluz, hoy se ha vuelto a comprobar, reside en que no existe ningún hecho diferencial andaluz. Son, y esa es su desgracia, como el resto.

Por lo demás, y contra el reiterado designio de los apocalípticos, no semeja que se desmorone el mundo del bipartidismo. A lo sumo, el presidente del Gobierno recibe alguna patada en el sufrido culo de Moreno Bonilla. Y Díaz se dejará tres o cuatro plumas por el camino. Nada del otro jueves. Emerge, sí, Podemos, pero solo a modo de tercero en discordia, aún lejos de las alfombras rojas. Podemos tendrá el cielo de Sevilla, aunque quien va a tener la llave de San Telmo es el ciudadano Juan Marín, genuino héroe de la jornada. Alguien lo recordó ayer, Cádiz posee la misma tasa de desempleo que la franja de Gaza; exactamente la misma: el 42% de la población. Cierta responsabilidad, desde luego, debe de tener el PSOE en que eso sea así. Pero igual procede reconocer que a ellos se debe el que no haya estallado todavía una intifada. La Andalucía conservadora, que sigue siendo la mayoritaria, vota socialista acaso porque recuerda que la alternativa de sus ancestros fue votar con los pies. Y lo peor es que tal vez no ande del todo errada.

Porque Andalucía, como tampoco el Alentejo o Sicilia, nunca va ser la California de Europa. E iría siendo hora de que empezásemos a pensar como adultos al respecto. Lo sé, el lugar común periodístico ordena repetir que lo de Despeñaperros para abajo da forma a un "régimen". Pero los regímenes genuinos suelen incubar en su seno algo parecido a una oposición. Y en Andalucía, esa figura ni está ni se la espera. Al cabo, el tal Moreno Bonilla, como antes Arenas Bocanegra, apenas aspiraba a reimprimir, sin duda con menos estilo, la historia de Lampedusa. Todos ansiaban echar al PSOE para conducirse de idéntico modo que el PSOE. Todos, desde la derecha más bronceada a la iconoclasta Rodríguez. Así las cosas, enfrentado al recurrente dilema entre original y fotocopia, el personal ha obrado con lúcida consecuencia. Lo dicho, nada nuevo bajo el Sol.        

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