Nazismo y comunismo

Günter Grass

José García Domínguez

Parece que el joven Günter Grass cometió el único gran pecado mortal del que jamás se absuelve a los escritores: equivocarse de matarife en el instante de ofrecer sus servicios a la muy acreditada industria europea de la carne picada. Así, mientras toda la honorable escoria moral de la intelectualidad del continente hacía cola ante la carnicería del padrecito Stalin, el cándido de Günter aceptó un puesto de aprendiz en la principal firma de la competencia. Craso error, imperdonable. Ahora, el Ministerio de la Verdad habrá de acometer la tarea urgente de reescribir todas las páginas de su obra en la memoria RAM de los "proles", la feliz masa del "partido exterior".

Y todo por un yerro tan pueril como el de no saber distinguir a tiempo entre el mostacho bueno y el bigotillo malo. Porque, en el olimpo de la gloria literaria del siglo XX, sólo unos pocos centímetros de pelo bajo dos narices europeas separaban al infierno del paraíso, al Mal con mayúsculas de la errada legión de idealistas fascinados por una utopía romántica y bienintencionada; unos idealistas ingenuos, obtusos quizás, puede que exaltados; algunos, incluso, algo fanáticos; pero, en cualquier caso, inocentes. Al cabo, todos ellos pobres víctimas de un hechizo sentimental. Y, por supuesto, en ningún caso cómplices conscientes de una banda de criminales.

Ni Sartre, ni Bretch, ni Bernard Shaw, ni el pobre Saramago, y mucho menos nuestro Vázquez Montalbán o nuestro Alberti o su Neruda o... Ninguno de ellos supo jamás del Gulag, ni del hambre utilizada como instrumento terrorista en la URSS; de los cinco millones de campesinos ucranianos que fueron exterminados así, por la vía de confiscarles las cosechas y después dejarlos en el campo abandonados a su suerte. Ni tampoco oyeron hablar del destino que corrieran, por ejemplo, tres grupos humanos considerados entre los más peligrosos por el Partido Comunista: los astrónomos, los empleados del Censo y los niños. Nunca les llegó información de que, tan pronto como en 1935, se aprobó el decreto mediante el cual se legalizaba el fusilamiento de los "menores contrarrevolucionarios" que hubiesen cumplido doce años.

Como jamás se les contó que a todos los directivos de la Oficina del Censo Soviético no hubo más remedio que condenarlos a la pena máxima en 1937 porque se empeñaron en decir que la población de la URSS se había reducido a 163 millones de almas, cuando Stalin sabía que sus súbditos aún eran 170 millones. Ni acusaron recibo de que los astrónomos prácticamente se extinguieron con la llegada de Stalin al poder, pues se habían conjurado para intentar hacer creer a la población que la formación de las manchas solares no respondía a las leyes del materialismo dialéctico. Y, después de eso, claro, fue inevitable ejecutar a la mayoría de ellos. Simplemente, no se enteraron. Por eso, los que escriben la Historia ya han decidido que a ellos sí los absolverán. Como a Fidel. Pobre Günter: nunca más volverá a tocar el tambor de hojalata.

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