Indultos

Grecia, capital Madrid

José García Domínguez

La verdadera desviación de España con respecto a los objetivos de la Unión Europea no apareció ayer en la portada de ningún periódico. Ni en portada ni en páginas interiores. Simplemente, no apareció. Y por una razón bien simple: nadie se dio por enterado. Algo normal si se repara en el muy recóndito escondrijo donde el Gobierno la había protegido de las miradas indiscretas: un minúsculo epígrafe del BOE oculto tras montañas de hojarasca administrativa y un bosque de follaje leguleyo. Ni el más consumado espeleólogo habría dado con ese rincón perdido de la Gaceta de no ser por azar. Pero al fin alguien lo ha localizado. Y así ha trascendido el asunto.

Nada importante, no se crean. Apenas una cuestión de pequeña delincuencia común. Sucede que el Consejo de Ministros ha tenido a bien indultar a un par de estafadores convictos y confesos. El uno, un pío malversador de caudales públicos que responde por Josep Maria Servitje, mandamás de Unió Democrática de Catalunya condenado en firme por la Justicia española a cuatro años y medio de cárcel. El otro, un tal Víctor Manuel Lorenzo, a la sazón ex cuñado del diputado de CiU Josep Sánchez Llibre. Y al igual que su compinche Servitje, también sentenciado a prisión por rapiñas y desfalcos varios contra el erario público. Penas ambas que, merced a la compasión del Ejecutivo de Rajoy, podrán redimir a cambio de un poco de calderilla. Sendas multas de 3.600 euros y aquí paz y después gloria. Grecia, capital Madrid.

Ese es, anunciaba ahí arriba, nuestro genuino diferencial de déficit, el moral, y no las cinco décimas del PIB que mantienen entretenidos a Juncker, Merkel y De Guindos. A estas alturas y aún seguimos sin entender que trocar la peseta por el marco – o sea, por el euro – imponía no un cambio de divisa sino un cambio de mentalidad. El periodista Gregorio Morán llama finales barceloneses a los de esas historias que acaban mal y no pasa nada. Nadie pregunta nada. Nadie alega nada. Nadie investiga nada. Al punto de que termina uno por preguntarse si el caso en verdad existió o si la ficha que de él guarda la memoria constituye otro recuerdo inventado, mera recreación literaria del inconsciente. Pues eso.

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