Agonía del euro

God save the Queen!

José García Domínguez

"El hecho de que en este país [España] todo lo que se habla en el Congreso sea de reducir el gasto o subir impuestos no es solo una idiotez, es peligroso. Y en Europa, una locura". Lo acaba de decir en Madrid Robert Solow. Un don nadie: Premio Nobel de Economía, doctor por Harvard, catedrático del MIT, autor del manual académico con el que se han formado los economistas de medio mundo. Y mientras Solow clamaba en el desierto manchego, la nave de los locos ponía rumbo hacia ninguna parte con gran contento de la opinión local, que celebra feliz tal "avance" de Europa. Un soberbio logro, la doble taza de caldo que nos acaba de prescribir la estricta gobernanta Merkel.

Esto es, más jarabe de palo fiscal, más aceite de ricino presupuestario y más cirugía financiera sin anestesia. Como si los denostados piigs dispusieran de alguna alternativa distinta con la soga de la deuda aferrándose a sus cuellos. Una gran conquista, sí señor, sobre todo para la legión de los discípulos de Leopold Massoc, aquí siempre tan entusiasta. Lástima que no vaya a servir de nada. Entre otras clamorosas evidencias, porque nada tiene que ver esa tosca terapia de caballo con el gran problema que ahora mismo afronta la Unión. Y es que, igual que en Bizancio gustaban de discutir sobre el sexo de los ángeles, también cabe pasar el rato glosando las virtudes del luteranismo fiscal.

Pero eso no impedirá que el Titanic del euro siga hundiéndose. Una ortodoncia dental, por buena que sea, no sirve para curar las úlceras de duodeno. Y otro tanto sucederá con Merkel y sus pedestres recetas de la abuela. ¡Tres siglos de pensamiento económico a fin de concluir que no se puede estirar más el brazo que la manga! Ocurre, simplemente, que el control del déficit público no tiene relación alguna con los desequilibrios de la balanza por cuenta corriente, la madre del cordero que hará reventar la unión monetaria. En cambio, la austeridad ecuménica sí se revelará útil, y mucho, para ahondar la recesión que viene de camino. Y nuestros cráneos privilegiados, compadeciéndose de la pobre Inglaterra. Los ingleses, esos tontos que dejaron pasar la gran oportunidad de encadenarse al euro.           

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