Neoimperialismo ruso

Georgia

José García Domínguez

Decía lord Parmeson –y decía bien– que las naciones no tienen amigos permanentes, sino intereses permanentes. Aunque le falto añadir que, quizás para compensar, algunas procuran proveerse de un amplio stock de tontos interinos. He ahí la única explicación racional a que cierta Elena Valenciano, que se predica secretaria de Relaciones Internacionales del PSOE o algo así, eligiera justo el instante en que el Ejército ruso cometía la invasión de Georgia con tal de aberrar que "Obama y Zapatero representan el liderazgo útil del siglo XXI, el liderazgo cooperativo, constructivo, basado en el diálogo y no en la fuerza". En fin, que santa Lucía le conserve la vista muchos años a la compañera Valenciano, porque lo del olfato se ve que ya no tiene remedio.

Sin embargo, no sólo Elena Campanilla y Peter Rodríguez Pan parecen pedir a gritos que algún adulto se apiade de ellos y les confiese de una vez que los Reyes son los padres, y el Poder ni más ni menos que la capacidad de conseguir que los demás hagan lo que uno quiere y de evitar que hagan lo que ese mismo uno no quiere. Al cabo, toda la sobrealimentada Europa occidental duerme acurrucada a su vera en el mismo jardín de infancia. En ese desigual, eterno, predecible, estéril combate de Rousseau frente a Hobbes, batalla inútil del deseo contra la realidad, semejan decididos a sucumbir todos juntos en el seguro bando perdedor.

Tiene razón Robert Kagan: Rusia y Europa son vecinas en el espacio, pero no en el tiempo. Geopolíticamente, viven en siglos distintos. Europa, instalada en su feliz quimera posmoderna, donde la capacidad demiúrgica de las leyes democráticas junto con el ungüento balsámico de la economía obran el milagro de ladear a la fuerza bruta en tanto que argumento inapelable del orden internacional. Frente a ella, el más arcaico y feroz nacionalismo de Estado del siglo XIX, el capaz de destinar anualmente el veinte por ciento del presupuesto nacional para mantener un ejército de un millón de hombres, además de un descomunal arsenal de misiles no convencionales que en estos momentos ya supera las dieciséis mil cabezas nucleares.

De ahí las dieciséis mil carcajadas con que el lobo Putin acaba de responder a la ulterior y también oportunísima deposición de nuestra Caperucita Valenciano. "El buenismo es la línea estratégica del futuro en la política exterior mundial", se ve que apostilló la buena señora ante los plumillas dispuestos a perder el tiempo escuchándola. Por lo demás, ella misma, la compañera Elena, encarna la prueba viviente de que Kagan también acertó en su pronóstico de que el mundo habría de volver a la normalidad tras el espejismo posterior a la caída del Muro. Por algo los socialistas españoles se empecinan en hacer el ridículo siempre que de pronunciarse sobre cuestiones exteriores se trata.

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