Garicano, no; Rufián, sí

José García Domínguez

Paul Krugman, Luis Garicano, Mario Vargas Llosa y Stephen Hawking no pueden ser profesores en la Universidad de Valencia, pero Gabriel Rufián sí. Y no crea el lector que hablo en broma. Para ser docente o personal investigador en la Universidad de Valencia se exige como requisito imprescindible e inexcusable acreditar documentalmente que se poseen conocimientos superiores, igual orales que escritos, de valenciano. Imprescindible e inexcusable, digo. Sin estar en condiciones de mostrar un título oficial de la variante de la germanía propia de esos territorios mediterráneos, ningún Premio Nobel puede aspirar a una plaza de docente en la capital del Turia. Repito, no se trata de un mérito a valorar entre otros, sino de una condición sine qua non a fin de impartir docencia en cualquier materia, ya sea científica, técnica o humanística. Nadie , pues, que sea oriundo del resto del planeta Tierra accederá jamás, por los siglos de los siglos, a ese templo del saber fallero y comarcal.

Salvo que alguien barrunte, claro, que los mejores astrofísicos norteamericanos, econometras alemanes, ingenieros chinos y microbiólogos australianos tengan entre sus prioridades profesionales el inscribirse en alguna academia de valenciano por correspondencia. Mas no se piense que acaba ahí la cosa. Porque esa suprema obligación académica, la del dominio del verbo valenciano en todos sus muy ricos registros, también se hace extensiva a los profesores de la universidad que posean ahora mismo una plaza en propiedad. A esos efectos, dará igual que los contrate la NASA o que obtengan cien doctorados honoris causa por el MIT, Harvard u Oxford, si no logran demostrar en tiempo y forma que se han sacado el certificado oficial de valenciano cualquier promoción académica interna les estará vedada de por vida.

A todo esto, huelga decir que la Universidad de Valencia no ha aparecido jamás en ninguna lista internacional de excelencia corporativa. Ni ha aparecido ni hay el menor riesgo de que vaya a hacerlo en el futuro. Valencia, es evidente, apuesta por la burricie local e identitaria. Ante todo, los asnos de la tierra. Una preferencia decidida por la mediocridad endogámica y el nepotismo mafioso que, por cierto, no la distingue en nada del resto de universidades españolas, tanto públicas como privadas. Por algo, según datos del Ministerio de Educación, el 73% del cuerpo docente de la universidad pública estudió en el centro en el que está contratado hoy. Y todavía habrá alguien que se extrañe de que el último Premio Nobel obtenido por un científico español fuera el de Santiago Ramón y Cajal en 1906. Cajal, que, por supuesto, no podría ni soñar con impartir ahora una clase en Valencia.

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