Fue Mohamed

José García Domínguez

Yo me he pasado la vida rodeado de separatistas catalanes. Y los conozco. Los conozco mucho porque los he tratado a diario casi desde niño. Y por eso, porque los conozco muy bien, no los respeto. Con los separatistas catalanes ocurre que su reputación no está a la altura de su limitada inteligencia. Su imagen vuela muy por encima de sus posibilidades. De ahí que no me pueda tomar en serio, y ni tan siquiera como simple hipótesis de trabajo, que esa fatua colla de ineptos fuese capaz de articular una operación de espionaje que alcanzara al presidente del Gobierno y a su ministra de Defensa. Algo así les vendría muy grande. Demasiado.

Por lo demás, tampoco hace falta ser un gran geoestratega para sospechar de Mohamed en todo ese enredo de las escuchas. Un principio célebre del Derecho sostiene que el que puede lo más, puede lo menos. Y resulta que Marruecos pudo en su día, uno no tan lejano en el tiempo, poner la oreja en el móvil de Emmanuel Macron, el comandante en jefe de una de las principales potencias nucleares del mundo. Si fueron capaces de llegar hasta el Elíseo, raro habría sido que no hubiesen hecho una escala previa en Madrid. La filtración tan inmediata de la presencia en territorio español del presidente de la República Saharaui, un secreto guardado con el mayor sigilo por el Ejecutivo de Pedro Sánchez, difícilmente se entiende sin contemplar esa posibilidad.

De ahí que hoy proceda aplaudir la seriedad y el sentido del Estado, pero también el patriotismo, demostrado por las direcciones de PP, Vox y Ciudadanos al evitar con sus votos en la Cámara que los aliados presuntos del Gobierno lograran promover una comisión-espectáculo solo destinada a comprometer la seguridad nacional de España. Me contó ayer mismo un buen amigo, diputado desde hace varias legislaturas en el Parlamento de Cataluña, que la mañana en que las televisiones comenzaron a informar del asalto masivo de jóvenes marroquíes a la frontera de Melilla los parlamentarios autonómicos de Podemos entraron en estado de euforia. Aplausos, abrazos entre ellos, risas constantes, entusiasmo total, alegría incontenible. Y así durante toda la sesión. Con esos bueyes, no lo olvidemos, es con los que hay que arar.

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