Jordi Pujol

Freedom for Catalonia

José García Domínguez

Al tiempo que el filoetarra vicepresidente de la Generalidad entretiene el ocio estival propalando su indisimulado desprecio hacia Extremadura y sus naturales, Jordi Pujol lamenta amargamente, en las páginas de El Mundo, la repentina impopularidad de Cataluña entre el resto de los españoles. Al parecer, el padre espiritual –y biológico– de aquellos imberbes que correteaban de aquí para allá con las pancartas del Freedom for Catalonia durante las Olimpiadas de Barcelona no se explica la razón última de ese súbito divorcio sentimental.

"Algo grave ha fallado", barrunta al respecto el prócer desde la virginal, inmaculada atalaya de la inopia. Cándida cogitación que, por cierto, anima al periódico de Pedro Jota, el mismo que se acaba de sacar de la manga el Manifiesto en Defensa de la Lengua Común, a predicar que "la enorme talla política del ex presidente de la Generalitat Jordi Pujol sigue intacta, como demuestra en la entrevista que hoy publicamos".

Se preguntará entonces el lector qué otras genialidades acuñaría ese gigantesco estadista en la mentada charla. Bien, pues sépase que Pujol insinuó ahí a los deslumbrados periodistas de El Mundo cierta innovación conceptual del todo ignota en la teoría del Estado y la doctrina canónica del derecho político, tanto anteriores como posteriores a la Revolución francesa.

Y es que, contrario como siempre se ha sido al viejo orden jacobino, don Jordi les confiesa repudiar, al mismo tiempo, el federalismo –" El federalismo no reconoce la personalidad propia [sic] de cada cual"– ; Rechaza también, no se sabe por qué, la alternativa de la confederación; abjura implícitamente del Estado de las Autonomías –"El café para todos está dando lugar a una gran tensión entre Cataluña y el resto de España"–; y renuncia con oportuna cautela a la independencia formal de Cataluña:"No, eso no lo he creído nunca".

Es decir, el gran hombre, aquel gobernante prudente y sensato que estableció la rigurosa prohibición del español en los colegios y fijó con la impagable complicidad de Aznar onerosas multas por rotular en castellano bares y comercios, propugna un modelo de organización estatal que ni conoce nadie – se supone que él sí, aunque lo guarda en el más estricto secreto–, ni ha sido aplicado de modo efectivo en lugar alguno del Universo habitado.

Tardía exhibición de inconsistencia ideológica y ausencia temeraria de rigor intelectual que sirve para que el El Mundo titule tal que así su pequeña hagiografía del pequeño personaje: "El rostro sensato del nacionalismo". Eso, eso, por falta de rostro que no quede.
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