Frankenstein 2

José García Domínguez

El súbito ataque de pánico escénico que se apoderó de los dos partidos que capitanearon la sedición tras conocer que tendrían que enfrentarse a Illa en febrero indica que ambos, tanto la Esquerra como los de Puigdemont, supieron leer de inmediato la intención última que se esconde tras ese movimiento inesperado del PSC. Porque Illa no va a Barcelona a ganar, misión completamente imposible ahora mismo, pero tampoco para vegetar en el gris ostracismo propio de la vida pública en esa Segunda División B que conforman las autonomías. Para tales menesteres ya estaba Iceta. Si Illa va a Barcelona es para otra cosa. Y esa otra cosa solo puede ser cerrar con siete candados la puerta aún entreabierta del procés. Una operación difícil, pero no imposible. Y de ahí la conmoción del todavía Gobierno de la Generalitat, que se ha visto forzado a improvisar a toda prisa la excusa del covid para intentar pararlo como sea. 

Porque lo que más temen a estas horas tanto Aragonès como Puigdemont no es tanto un gran éxito electoral del PSC, que incluso puede convertirse en la minoría mayoritaria en el hemiciclo de la Ciudadela, como el riesgo cierto de que en Cataluña se repita eso que la prensa madrileña de derechas bautizó en su día como Frankenstein. Recuérdese, Sánchez llegó a la Moncloa en primera instancia no porque tuviese suficientes apoyos propios, sino porque Rajoy sumaba muchísimos más detractores. Y en Cataluña, se huelen los dirigentes separatistas, podría ocurrir lo mismo. Será insisto, muy difícil, porque habrá que conseguir que Vox y la Colau voten lo mismo, juntos y revueltos. Pero cosas más raras se han visto. Una investidura de Illa avalada por el compromiso tácito de otra ulterior llamada a las urnas dentro de un año y pico, ya habiendo desposeído del control de TV3 y de la Administración autonómica a los socios actuales, tendría todo el sentido del mundo como operación de Estado en Cataluña. Tanto que a un PP todopoderoso en Madrid pero completamente irrelevante en Cataluña le resultaría en extremo difícil justificar su eventual rechazo a un movimiento de ese tipo. Y tampoco a Vox le saldría gratis converger con los separatistas a fin de evitarlo. Sí, lo que viene es Frankenstein 2.

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