Manifestación por Navarra

Fantasmas

José García Domínguez

Eso de Maite Fernández acusando a la oposición de agitar en Navarra fantasmas que no existen sólo lo superó Felipe González en su día, cuando, muy grave él, sentenció aquello de que jamás respondería a los anónimos que no llevasen firma. Aunque lo del "One" tuvo más delito, pues tan cierto es que los fantasmas no existen como que haberlos haylos. Que se lo pregunten si no a ese alto ejecutivo de Intermoney, uno que se hace llamar Sebastián o algo por el estilo. Sí, ese, el que el sábado gritaba furibundo contra la guerra "imperialista" de Irak y a favor de la no menos imperialista guerra de Afganistán, apelando al espectral argumento de que la una cuenta con la bendición de la ONU, y la otra... también.

En realidad, Maite no va mal encaminada en su cogitación. Pues, de toda la vida, los fantasmas siempre se han dividido en dos categorías: los que existen y los que no existen. Por ejemplo, aquella Santa Compaña del Partido Socialista en pleno proclamando "OTAN, de entrada no" se desintegró el día que les salió el sol por Antequera. Trátase, pues, de un fantasma que no existe, si nos acogemos a la casuística acuñada por la Vice. Y es que a los fantasmas les ocurre como a cualquier figurante del Más Allá que conozca bien el oficio: nacen, crecen, alelan a los simples durante una temporada, y hacen mutis por el foro cuando toca hacer caja.

Así, corre hoy por Pamplona otro fantasma, uno nuevo de trinca, el de la Opera de menos de tres reales. Es esa sábana blanca con las siglas del PSN que se aparece de noche por las esquinas del casco viejo jurando y perjurando que "Euskal Herria, de entrada no". Aunque el problema con éste reside que nadie se lo toma en serio; más que nada porque no se ponen de acuerdo en si será de los que son o de los que no son. Con ese gremlin del socialismo navarro viene a pasar lo que en tiempos de la Transición sucediera con La Rioja: que existe pero no es.

En esas andamos. En esas, y con el Espectro Mayor del Reino prometiendo en Zaragoza que "las mentiras no cuelan". Trabajo podrían tener, y de sobras, los cazafantasmas; si quisiesen, claro. Sin ir más lejos, les cabría encender de golpe los deslumbrantes focos de la iniciativa legislativa popular que ampara la Constitución española. ¿Dónde se esconderían los duendes del progresismo si una propuesta de ley así, avalada por cientos de miles de firmas, contemplase que los cambios de grado de los condenados por terrorismo requiriesen del asentimiento del Parlamento? Sin ir más lejos, digo.

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