Euskadi nos roba

José García Domínguez

Urkullu, el Judas del PNV que expatrió en el guano al mesías Ibarretxe a cambio de una habitación con vistas en Ajuria Enea, ha bendecido la pascua abertzale con algunas verbosidades salidas de tono. Carnaza retórica para los de la boina en el día del santo patrón. En el Aberri Eguna toca tirar la cabra desde el campanario. Exigencias del guión. Aunque a Urkullu, que sabe más por viejo apparatchik que por diablo, le pasa como a las cataratas del Niágara cuando se congelan en invierno: llama mucho más la atención por sus ocasionales silencios que por sus estruendosos ruidos. Y Urkullu permanece significativamente callado desde que dio comienzo la bullanga catalana. Algo le debe de oler a podrido, y no precisamente en Dinamarca. El lehendakari, que no tiene un pelo de tonto, intuye que cuando termine el pasacalles del derecho a decidir alguien pondrá encima de la mesa el asunto del cupo.

Y Urkullu no juega con las cosas de comer. De ahí su inopinada prudencia. Porque no será cierto el mantra rastrero de que España roba a Cataluña. Pero que Euskadi estafa al resto del país desde hace siete lustros, eso resulta ser una verdad más grande que la catedral de Burgos. Euskadi sí nos roba. Y de modo descarado, además. Ponderando todo lo ponderable –niños, viejos, dispersión de la población–, es tan sabido como callado que el País Vasco y Navarra nos usurpan una financiación por habitante muy superior a la de cualquier comunidad de las de régimen común. Asunto, por cierto, al que en absoluto resulta ajeno el berrinche levantisco de los catalanistas.

Al cabo, los micronacionalistas catalanes también son humanos. ¿Cómo no entenderlos, al menos en parte, cuando dos de los territorios más ricos del país no solo no aportan nada, ni un céntimo, a la Hacienda común, sino que ni tan siquiera pagan lo que les correspondería por disfrutar de los servicios que les provee el Estado? Que Valencia, Murcia, Castilla-La Mancha y Canarias estén financiando hoy al País Vasco resulta una extravagancia hacendística tan escandalosa que únicamente las pistolas humeantes de ETA la pueden explicar. Y vaya si la explican. Por desgracia, el nacionalismo no es enfermedad que se cure viajando. Pero algo ayudaría a calmar sus síntomas más virulentos el acabar de una vez con agravios comparativos tan obscenos como el del régimen foral vasco-navarro. Urkullu lo sabe. Por eso sus mutismos.

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