ETA, de entrada no

José García Domínguez
Era el eslogan para una concentración más extenso que se haya acordado jamás: “En defensa de la democracia, el autogobierno de Cataluña y en solidaridad con todos los ciudadanos del Estado. ETA no, ni aquí ni en ningún sitio”. Más largo que la propia Plaza de San Jaime, el lugar que eligió el tripartito para no denunciar lo que no quería repudiar. Necesitaron veintiséis vocablos, veintiséis, para silenciar lo que quieren hacernos creer que dijeron. Para no rechazar lo que no quieren condenar. Hubieron de amontonar veintiséis palabras para poder ocultar el vacío de las que no debían estar. Fueron veintiséis coartadas para disimular que les es imposible escribir: “Rechazamos la tregua de ETA en Cataluña”.
 
La Plaza de San Jaime es muy pequeña, casi recoleta. Allí se dio a conocer Convergencia, el partido de Pujol, en los inicios de la transición. Al finalizar los bailes de sardanas que se organizan en esa explanada los domingos por la tarde, alguien gritaba ¡Visca Catalunya lliure!, y después tiraban unas octavillas con el anagrama del partido. Eso era todo. Después se iban a casa. En ese rectángulo en el que este jueves se enseñaron los que se entienden con ETA conocí a los fundadores de Terra Lliure, allá por 1976. Eran chicos muy jóvenes que acudían a él con el mismo interés folclórico por la danza que los otros, y que se mezclaban en los corros con los pujolistas sin que la armonía del ceremonial se resintiera nunca.
 
Fue entonces cuando ETA hizo acto de presencia por primera vez en esa plaza que alberga los edificios del poder en Cataluña. Aquellos adolescentes recibirían instrucción terrorista en el País Vasco y, como todos los que se entienden con ETA, contrajeron una deuda con la banda, que estaban obligados a pagar. Así, tuvieron que firmar con las siglas de ETA la primera batería de atentados que cometieron en Cataluña. Tal era su dependencia de la organización de Josu Ternera que en las cárceles los mezclaban con los presos etarras. Y sólo a partir de la repercusión del atentado contra el editor de este periódico tuvieron en las prisiones la consideración de grupo distinto al de la matriz vasca. Terra Lliure se disolvería formalmente en 1991. Después, sus miembros se integrarían en Esquerra Republicana. Nunca se arrepintieron de sus crímenes. Tampoco nadie en Cataluña se lo pidió. Seguramente, muchos de ellos estuvieron ayer manifestándose al lado de Carod y Maragall para no decir todos juntos: “Rechazamos la tregua de ETA en Cataluña”.
 
Terra Lliure cumplió un cometido importante en su momento. La gran campaña de violencia simbólica que se desató durante aquellos años contra los focos de resistencia intelectual al nacionalismo obligatorio no hubiese tenido el mismo éxito sin su presencia amenazante. Ahora mismo, en este invierno anormalmente frío que está viviendo Barcelona, los comisarios políticos de la prensa al servicio del tripartito han puesto a circular las consignas de una nueva purga ideológica. Hay que señalar, convertir en quintacolumnistas, en mercenarios vendidos al enemigo exterior, a los constitucionalistas catalanes, a los que osen disentir de la obligatoria unanimidad soberanista. Hay que acallar a los que no quisieron estar en la plaza el jueves, porque sí querían escribir: “Rechazamos la tregua de ETA en Cataluña”. Esta vez, la existencia de lo que el Frankfurter Allgemeine, el principal periódico alemán, ya llama “protectorado terrorista” en Cataluña podría ayudar de nuevo para que se consiga ese objetivo.
 
“¡Visca el tripartit!”, gritaron los de la manifestación silenciosa en la plaza. Después cantaron Els segadors Era su respuesta a alguna voz anónima que había dicho algo a favor de España y contra ETA. En ese momento, el comentarista de la Televisión de Barcelona, que retransmitía el acto, expresó su preocupación por la “utilización mediática” que se pudiera hacer del incidente. Él de eso entiende: es el columnista de El País que escribe los discursos de Maragall. El jueves llovía en Barcelona. Sigue lloviendo. En realidad, la tormenta sólo acaba de empezar.
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