Al Walid

Estamos de luto

José García Domínguez
Su Alteza Al Walid, una de las seis mil víctimas del mar de justicia universal que integran la Familia Real Saudí, no podía entender lo que acababa de ocurrir. Porque no había ningún problema en aquel cheque; todo parecía correcto. La cifra que lucía estampada en el documento –diez millones de dólares– era la que él había ordenado personalmente; y su propia rúbrica, convenientemente autentificada, garantizaba la disponibilidad inmediata de los fondos al agraciado. Sin embargo,  Rudolf Giuliani le había devuelto el impreso sin ni siquiera mirarle a la cara. No, thanks. I don´t want them (“No, gracias. No los quiero”), fue todo lo que dijo el alcalde de Nueva York antes de levantarse y salir del despacho camino de la zona cero.
 
Seguro que Su Alteza, que nunca ha oído hablar de Pericles –“El secreto de la felicidad es la libertad, y el secreto de la libertad es el coraje”–, aún debe seguir perplejo, sin comprender aquello. Porque como tampoco lee a ninguna mujer –y menos si se apellida Fallaci– ignora que docenas de miembros de su propio clan, esos seis mil desheredados de la Tierra huérfanos del muy llorado Rey Fad, son accionistas del Rabita Trust y patronos de la Fundación Muwafaq. Que así se llaman las dos piadosas organizaciones benéficas de las que sale hasta el último y piadoso dólar que guardan en sus bolsillos todos esos musulmanes que vuelan piadosamente por los aires en nombre de Alá el Misericordioso.
 
En cambio, Su Alteza seguramente sí conozca la advertencia que dirigiera a Margaret Thatcher un becado inglés del difunto hijo adoptivo de Marbella. “Los musulmanes del Reino Unido no vamos a tolerar durante mucho tiempo una política exterior con la que la primer ministro ofende nuestros sentimientos panislámicos”, avisó ya en 1985 aquel muecín de la Gran Mezquita de Londres. Igual que, sin duda, alberga constancia el deudo Al Walid de que existe en el Reino Unido una muy acaudalada asociación que responde por “Parlamento Musulmán”; ésa cuyo objeto expreso consiste en recordar a todos los seguidores del Profeta que no vienen obligados a cumplir las leyes de Occidente. “Para un musulmán respetar las normas en vigor del país que lo acoge es algo facultativo. Un musulmán sólo tiene que obedecer la Sharia”, prescriben en sus estatutos los piadosos saudíes que la han promovido.
 
Hoy, como Su Alteza, esos cincuenta y tres millones de musulmanes que ya se han implantado en Europa están de luto; acaba de traspasar quien se desvivió para que ni en el último rincón del Viejo Continente les falte una mezquita regida por algún piadoso wahabita programado en idénticas madrassas que Ben Laden. Como ellos y Su Alteza, aunque por diferentes motivos, también hoy nosotros vivimos un momento especialmente triste. Y es que nos acaba de abandonar el pionero del patronazgo náutico hispano. Descansa en paz el mecenas que firmó el cheque con el que se pagó el yate “Fortuna”.
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