Esquerra Neorrancia de Cataluña

José García Domínguez

De no haber sido por la irrupción en escena de ese cisne negro cacereño, el muy descompuesto Casero, el Gobierno más a la izquierda en los últimos ochenta años de la historia de España acaso estaría a estas horas ya en funciones, tras el previsible anuncio de la convocatoria de comicios anticipados por parte del presidente del Gobierno. Pero, dejando al margen los obvios problemas de comprensión lectora del de Trujillo, la responsabilidad política última de lo que estuvo tan a punto de ocurrir el otro día en el Congreso, un genuino desastre de dimensiones bíblicas para el progresismo con mando en plaza, cabe atribuirla no a dos de UPN que pasaban por allí, sino a un partidito catalán y centenario que, tal vez por un inconsciente alarde de humor sarcástico de sus fundadores, se hace llamar Esquerra.

Porque quien ha estado a un tris de tumbar a la Izquierda ha sido la Esquerra. Dicen que cuando algo camina como un pato, suele tratarse de un pato. Y cuando otro alguien desfila como un fascista, también suele ser un fascista. Es fama que Esquerra organizó el primer alarde callejero y multitudinario de los fans de Mussolini en España cuando los camisas verdes de Estat Català se echaron a las calles en formación militar. Y el que tuvo, retuvo. La izquierda mesetaria quiere engañarse con ERC. Siempre ha querido. Pero ERC no es, ni ha sido nunca, un partido de izquierdas. Esquerra, bien al contrario, ha primado a lo largo de toda su existencia el indigenismo supremacista y tribal, con sus preceptivas gotitas de racismo explícito, sobre cualquier otra querencia ideológica.

ERC es básicamente eso, una sigla de pequeños propietarios autóctonos muy apegados a entornos rurales, el magma sociológico que ha alimentado siempre el antiliberalismo resentido de las comunidades tradicionales refractarias a la modernidad, algo que asocian por norma a las grandes ciudades. No es casualidad que casi ningún diputado autonómico de Esquerra resulte ser natural de Barcelona (aunque la CUP les gana: sólo uno es barcelonés). La ilusión de que en la Carrera de San Jerónimo existía una mayoría de izquierdas era solo eso, una ilusión. Ahora ya lo saben. Y la próxima vez no habrá otro Casero.

A continuación