Mansur Escudero

Esperando a los moriscos

José García Domínguez

Primero lo auguró Bumedián, el penúltimo sátrapa de Argelia, ante la Asamblea de las Naciones Unidas: "Un día millones de hombres abandonaran el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque comparecerán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria". Después nos lo vino a ratificar el sultán de Sharjhan. "Estoy aquí con la emoción del que vuelve a su patria", confesaría su graciosa majestad a los fieles de la Asociación para el Retorno de Andalucía al Islam. Fue cuando acudieron a homenajearlo durante la inauguración de la Gran Mezquita de Granada, soberbio templo izado merced a las piadosas dádivas de Libia, Arabia Saudita, Malasia, Brunei y su repatriada excelencia.

Y ahora lo confirma esa Junta Islámica de España que capitanea Almanzor. Así, cierto Mansur Escudero reclama el derecho a la nacionalidad española para los cinco millones de bereberes que se dicen parientes de los moriscos. "Son más españoles que nadie porque vivieron en la Península ocho siglos", ha apostillado este tocayo del que degollara a todos los habitantes de Barcelona , tras antes arrasar Santiago de Compostela durante una célebre tournée para explicar la Alianza de Civilizaciones en provincias. Por lo demás, aún no consta si Mansur también reclamará el pasaporte austriaco para los herederos de aquel Solimán el Magnífico que no dejara piedra sobre piedra en la Viena de principios del siglo XVI. Ni tampoco si ya ha exigido a las autoridades griegas el derecho al voto para cualquier muslime capaz de acreditar que su tatarabuelo invadió Chipre a las órdenes del gran Selim el Borracho, en tiempos de Lepanto.

En cualquier caso, aunque Almanzor se frene en Poitiers a la hora de demandar el DNI comunitario para la plantilla al completo de Sucesores de Tarik y Muza S.L., no dejaría de fallarle la premisa mayor de la humorada. Por la simple y triste razón de que sus moriscos resultan menos españoles que nadie. Y es que esos antepasados que casualmente acaban de desempolvar hace cinco minutos, jamás habitaron España, como tampoco lo harían ellos mismos caso de pisar algún día el suelo de la Península. Porque lo que no han comprendido ni Almanzor ni sus moriscos es que a España no la forma una superficie física, sino un territorio moral. De ahí que su añorada Al-Andalus en nada le concierna. Pues, a ella, a la Nación española, sólo le cabe abrazar a los deudos de un único hijo pródigo: Alexis Henri Charles de Clérer, también conocido en el siglo por vizconde de Tocqueville. Aquel perro infiel que sentenció que sólo quien defienda los valores de la Igualdad y la Libertad ha de pretenderse ciudadano. Y, ay Mansur, qué le vamos a hacer: nuestro vizconde más bien era tirando a mozárabe.

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