España está muy sola

José García Domínguez

Para destruir la República Federal de Yugoslavia y así dar cumplida satisfacción a los separatistas croatas, los buenos oficiales, hizo falta que varias docenas de aviones caza de la OTAN, todos ellos bajo las órdenes de un socialista español, bombardeasen Belgrado sin piedad, día y noche. Algo, el recurso a la fuerza militar, que no haría falta a fin de acabar también con España. Y es que, tal como ya estuvo muy a punto de ocurrir en Grecia antes de la capitulación sin condiciones de Alexis Txipras, para arrasar España no se necesitaría disparar ni un solo misil. Ni uno. A esos mismos efectos devastadores, bastaría con que el Banco Central Europeo decidiese cerrar el grifo de la liquidez a nuestro sistema financiero durante un mes, apenas treinta días. Con eso sería suficiente. Salvo por la ausencia de cadáveres en las calles de Madrid, el resultado de esa sencillísima medida de presión externa tendría idénticas consecuencias para la destrucción súbita de nuestra economía. La misma. Porque somos frágiles, en extremo frágiles, desde el mismo instante en que renunciamos con demasiada alegría a todos los elementos críticos de la soberanía nacional a cambio de que nos abrieran las puertas del entonces Mercado Común.

La Asamblea de Parlamentarios del Consejo de Europa resulta ser justamente eso, un cónclave paneuropeo que reúne en su seno a representantes parlamentarios nacionales de todo el continente. No estamos hablando de una oenegé subvencionada de medio pelo. Bien, pues esa instancia transnacional acaba de equiparar, y solo con algún leve matiz de grado, a la democracia española con el régimen de Turquía. Y eso lo han votado socialistas, macronistas, liberales y algunos conservadores de surtido pelaje. Amén, huelga decirlo, del llamado bloque de investidura español, con la única excepción aparente del propio PSOE. No es un asunto menor que se pueda saldar con alardes teatrales para la galería. Es algo grave, muy grave. Es quizá la mayor derrota diplomática que ha sufrido el Reino de España desde la instauración de la democracia. Resulta comprensible, pues, tanto la euforia de los separatistas en Barcelona como la de sus tontos útiles en la Meseta. Porque el mensaje subliminal de esa resolución antiespañola se antoja evidente. Cuando lo vuelvan a hacer, y todos sabemos que lo volverán a hacer, no se repetirá otra vez la unidad europea a nuestro favor. Estamos, sí, muy solos.

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