¡Es la inmigración, estúpidos!

José García Domínguez

Con los sueldos que cobra a fin de mes la gente normal (la gente normal es la que no tiene las piernas de Messi, el talento comunicativo de Jorge Javier o el primer apellido de Ana Patricia Botín) viene sucediendo una cosa muy curiosa desde hace ya más de cuarenta años, a saber: se han congelado. Sí, se han congelado. Lo que significa que, medidos en términos reales, o sea restando el efecto de la inflación a su muy engañoso crecimiento nominal, resultan ser exactamente iguales hoy, en 2021, a como lo eran allá a principios de los años ochenta del siglo pasado, en los tiempos de María Castaña y Felipe González. Evidencia estadística que torna un poco difícil, aunque no imposible, atribuir a la reforma laboral del Partido Popular el raquitismo crónico que padecen los salarios en España, en Europa y también en Estados Unidos desde hace más de ocho lustros.

Porque resulta que los sueldos de la gente normal asimismo llevan más de cuarenta años congelados tanto en el resto de Europa como al otro lado del Atlántico. Y tampoco semeja sencillo, aunque seguro que no ha de ser imposible, asignan igualmente a la reforma laboral del Partido Popular en 2012 el origen último de todas esas otras desgracias multinacionales. Algo que todo el mundo entiende, y lo entiende todo el mundo porque resulta de absoluto sentido común, es que los sueldos de la gente normal dependen de la oferta y de la demanda; de la oferta, de la demanda y de nada más que de la oferta y la demanda. Incluso los economistas parece que, por fin, están empezando a entender eso tras conocerse el nombre del último representante de su gremio premiado con el Nobel.

De ahí que la generación de nuestros padres, la que conoció los treinta años gloriosos que siguieron a la posguerra europea, viera aumentar exponencialmente su nivel de vida. En su tiempo, la demanda de trabajo era alta y la oferta, en cambio, limitada al crecimiento de la población europea occidental. Desde los ochenta, en cambio, y merced a la globalización, la demanda de trabajo ya no resulta ser tan grande en Occidente, mientras que la oferta, más que alta, se ha tornado infinita por el efecto de las migraciones masivas. Y por eso, que no por la reforma laboral de 2012, los millennials están cobrando sueldos de verdadera risa en todas partes, no sólo en España. ¡Es la inmigración, estúpidos!

A continuación