¡Es la democracia, estúpidos!

José García Domínguez

O intervenir ya para ampliar la democracia o resignarnos a que la democracia sea intervenida en nombre de inapelables imperativos mercantiles. Tras toda la retórica huera de los expertos, los tecnócratas y los charlatanes de turno prestos a pescar en río revuelto, tal es la disyuntiva a que nos aboca ahora mismo el colapso monetario de la zona euro. Dani Rodrik, un catedrático sefardí de Harvard, ha acuñado la voz trilema a fin de ilustrar ese proceso de desintegración del paradigma socio-político europeo (y occidental) que en última instancia ha forzado la globalización. Un colapso consecuencia de la lógica interna de los mercados, y en el que la actual crisis supone poco más que un mero catalizador.

Tesis, la suya, que se presta a una exposición desoladoramente sencilla. Los países, sostiene Rodrik, están condenados a optar entre la democracia liberal, la efectiva fusión de los mercados antes locales, y la pervivencia del Estado-nación en tanto que árbitro de las reglas del juego. Y ello por la clamorosa evidencia de que esas tres querencias resultan incompatibles entre sí. Simplemente, no pueden coexistir a la vez. De ahí que, al operar dos de los principios rectores de forma simultánea, se convierta en un imperativo ineludible desechar el tercero.

Más pronto que tarde, entonces, estaríamos llamados a elegir. O bien mundialización efectiva de la economía, eliminando las cortapisas que la democracia parlamentaria ansiara imponer a ese proceso a través de las regulaciones nacionales (léase subordinación del sufragio universal a la plena soberanía a las elites tecnocráticas). O bien mantenimiento de los poderes elegidos en las urnas, haciendo que los mercados vuelvan a operar de forma predominante en el mismo plano doméstico que las instituciones políticas. O, tercera y última, consolidación de la expansión transfronteriza de los actores económicos, pero afrontando al tiempo la perentoria creación de, en nuestro caso, los Estados Unidos de Europa. De hecho, nada hay más parecido al entorno social que hoy exige el euro que el viejo mundo del patrón-oro vigente en el siglo XIX. Un paisaje institucional que no por casualidad pasó a los libros de historia en cuanto el derecho al sufragio se extendió a la generalidad del censo. Porque el problema no es Bruselas ni Merkel: es la democracia.

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