Entre la nueva izquierda y la vieja derecha

José García Domínguez

Esto solo es el principio. Y es que no están de paso, han venido para quedarse. La nueva izquierda acaba de tocar poder institucional y ya no lo va a soltar. Conviene saberlo. Más que nada porque subirse a un barril de cerveza para imitar el gruñido del cerdo no hará que las cosas cambien. Por lo demás, lo en verdad extraño no es que haya ocurrido, sino que haya tardado tanto en ocurrir. España, como acostumbra, hasta en eso, en la fractura de los cimientos del establishment político, encarnó hasta el sábado pasado una rara excepción en el contexto europeo. Ahora, al fin, somos normales, al menos en el estricto significado estadístico del término.

En el Norte y en el Sur, en todas partes, la herrumbrosa atalaya del plácido nadir intelectual do moran socialdemócratas y liberal-conservadores está viéndose acosada sin tregua. En el Norte, por la irrupción de esas variantes xenófobas de una extrema derecha con tintes libertarios en lo económico (excepción hecha del Frente Nacional en Francia, incapaz, también él, de desprenderse de la tradición colbertiana del país). En el Sur, por el reagrupamiento de los escombros del poscomunismo en un proyecto a la contra aún en mantillas teóricas. En cualquier caso, ni los unos ni los otros están llamados a constituir flor de un día. Aquí todavía hay quien confía en que el retorno al crecimiento nos devolverá a los buenos viejos tiempos del duopolio turnante. Pierdan toda esperanza.

Si volviese, que está por ver, nada sustancial cambiaría. Al cabo, la genuina amenaza que hipoteca el futuro del Estado del Bienestar en el Sur no son los recortes sino esos miles de puestos de trabajo baratos, los empleos de nueva creación que con tanto alborozo celebra la prensa española cada vez que se publica otra EPA. Cuantas más nóminas de camareros y dependientes de comercio genere nuestra economía, más inviable resultará financiar los actuales servicios públicos a medio plazo. Olvídenlo, el recurrente sueño del crecimiento tampoco iba a sacarle las castañas del fuego a nuestro aturdido establishment. Les plazca o no, lo que viene, amén del Estado del Malestar, es un escenario permanente a cuatro. Permanente, sí, permanente.

Al igual que tantos socialistas con Podemos, la derecha con mando en plaza fantasea con que Ciudadanos les sirva de sigla-kleenex para ir encauzando la irritación de parte de su público hasta que pase la tormenta. Ellos y sus creadores de opinión barruntan que no les costará nada fagocitar a los de Rivera una vez llegado el momento procesal oportuno. Continúan sin enterarse de nada, los pobres. Que sigan así. Entre los extremos que ya definen la nueva izquierda y la vieja derecha, Podemos y el PP, el espacio franco presto a ser ocupado por el regeneracionismo reformista no cesa de ensancharse cada día que pasa. Lo dicho, esto solo es el principio. Aún no hemos visto nada.

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