Tauromaquia en Cataluña

Entre Carod y el de los condones

José García Domínguez
La prueba del nueve de que estos filólogos de la Esquerra son más castizos aún que El Tato y Chiquito de Amorebieta –el fino intelectual y maestro de la lidia que responde por Jon Idígoras– es su ignorancia enciclopédica acerca de la historia de su país y de su región. No nos extrañemos, pues, de que el pobre Carod crea que la tauromaquia es festejo propio de esas tribus bárbaras que habitan al otro lado del Ebro, en Aragón y alrededores. De modo análogo, muchos eruditos yerran al mantener la superstición de que "lejos de nosotros la funesta manía de pensar" fue el lema de la Universidad de Cervera, la única que existió en Cataluña hasta fecha tan temprana como 1842. Pues tampoco. Porque, en realidad, la frase es el eslogan de la muy contemporánea Universidad de la Avellana, ésa que saca a todos sus catedráticos de las peñas castelleras del campo de Tarragona, y en la que Carod ejerce de rector.
 
He ahí las razones de que el de Perpiñán sueñe con promulgar un decreto ordenando que las corridas catalanas concluyan con la ejecución sumarísima del torero y la salida a hombros del astado por la puerta grande. Y únicamente por no contrariar a su socio Bono –el hijo de Pepe, el de la tienda– ha cedido, de momento, en lo de darle matarile al Mario Cabré de turno que ose acercarse por el Principado. Contaba Azaña en sus memorias que cierto Samblancat, uno de los líderes de la Esquerra, era el diputado más cafre del Parlamento, y que eso le debía venir de que regentaba una tienda de condones en el barrio chino de Barcelona. Bueno, pues el hermano de Apeles, que si hemos de creer a los periodistas de TV3 administra la Biblioteca de Alejandría en su casa particular, está decidido a heredar el título de aquel difunto patriota de Graus.
 
Puesto a hacer gansadas para que nadie le arrebate el trofeo, de entrada, Carod va a boicotear la candidatura olímpica de Madrid por la broma de los patines. El boicot comercial a Italia lo ordenará cuando le traduzcan lo que ha dicho de ese asunto Sabatino Aruco, que es el que manda allí en la cosa del hockey: "Esto se parece a aquella película de Totó en la que pretendía vender la Fontana de Trevi". Pero el gran boicot, el bloqueo total, es el que prepara contra los toros; es decir, contra la Historia de Cataluña.
 
El 25 de julio de 1835, cuando aún faltaba casi un siglo para que los nacionalistas moderados sintieran la necesidad de crear el neologismo "charnego", se celebró la corrida más esperada de la temporada en Barcelona. Resultó un fraude a la afición: los toros, muy flojitos, se caían al primer pase. La reacción de los entendidos sería implacable. Cientos de catalanes, indignados por la falta de trapío del ganado, se dirigieron al centro de la ciudad y quemaron la iglesia de La Merced, el convento de San José, el de los carmelitas descalzos, el de los dominicos y el de los agustinos. El día acabó con dieciséis curas asesinados. Ni la FAI en sus días de gloria superó aquello.
 
Treinta mil libros dicen los de TV3 que almacena Carod. Y sin embargo, ni un triste manualillo de la historia de su pueblo.
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