En la muerte de Josep Fontana

José García Domínguez

Ha muerto Josep Fontana, un nombre que no les dirá nada a los jóvenes (y menos jóvenes) educados ya en esta época nuestra, la del interminable ruido huero de redes sociales y la charlatanería ubicua en los medios que se dicen de comunicación, pero que ha sido uno de los historiadores académicos que más ha influido en la imagen canónica que de España tienen los españoles cultos de mi generación, la de los tardocincuentones que estrenamos la primera conciencia adulta cuando la Transición. Junto a otros dos catalanes, Vicens Vives y Jordi Nadal, Fontana, su obra historiográfica, ha sido determinante para explicar y explicarnos algo tan complejo como fue el siglo XIX hispano, el origen último tanto de la precaria vertebración nacional de nuestro país hoy como de las tensiones extremas que han marcado el lento camino de su incorporación a la modernidad europea. Fontana, y creo que el tiempo me dará la razón, será recordado como un gran historiador y, al tiempo, como un gran manipulador. Porque las dos cosas fue en vida. Así, difícil va a resultarle a quien quiera conocer nuestra historia moderna obviar su muy documentada interpretación del siglo del liberalismo, el XIX, en estos lares.

Pero, al tiempo, tampoco a los investigadores sociales del futuro resultará tarea sencilla llegar a comprender la fuerza y la enorme capacidad movilizadora del separatismo catalán a principios del XXI sin reparar en la influencia intelectual de algunos mandarines locales de la alta cultura, los que pusieron su inteligencia y su capacidad de trabajo al servicio del proyecto de construcción nacional de las élites secesionistas. Gentes como él. Fontana fue el ejemplo paradigmático de eso que Benda, en otro contexto no tan distinto al catalán actual, llamó la traición de los clérigos. Porque en el nacionalismo catalán hay mucha mediocridad, muchísima más de lo que creen en ese Madrid siempre tan tentado de mitificarlo en secreto. Pero en medio de toda esa vulgaridad roma, administrativa, pensionada y comarcal siempre ha habido algún destello individual de genuino talento. Talento verdadero como el de Fontana. Por eso resulta tan triste glosar cómo, ya sexagenario, acabó su carrera convirtiéndose, poco a poco, en una grotesca caricatura de sí mismo. Porque justo eso fue en los últimos años de su vida. A los que lo habíamos leído y respetado en los ochenta y los noventa, su época de mayor fecundidad intelectual e investigadora, nos resultaba triste verlo ahora convertido en un vulgar propagandista político volcado en chuscas labores de agitación al servicio de los patronos del procés.

Toda la inmensa labor que emprendiera su maestro Vicens Vives para desbrozar la historia de Cataluña del veneno romántico e irracionalista que inculcaron en ella los autores nacionalistas de finales del XIX y el primer tercio del XX, un trabajo que, creíamos, había desterrado para siempre la visión sesgada y fantasiosa del pasado que sirve de base al separatismo, al cabo, no ha servido para nada. Y es que aquel irracionalismo particularista y falaz salió por la puerta para volver a entrar por la ventana. Así, en las facultades de Historia catalanas impera hoy de nuevo toda aquella mitificación ideologizada que nació para poner la crónica oficial del pasado al servicio exclusivo de un proyecto político particular, el del separatismo. Aberraciones sonrojantes como aquel "congreso científico internacional" presidido por Fontana –y financiado por Artur Mas– que llevó por lema España contra Cataluña (1714-2014), más que una prueba, suponen todo un diagnóstico clínico. He ahí la más destilada elaboración magistral de eso que se llama pedagogía del odio. En eso entretuvo Fontana sus últimos años mientras esperaba a la muerte. En fin, que la tierra le sea propicia.

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