“En España no hay democracia real”

José García Domínguez

No contentos con haber patentado en su día la sopa de ajo, en España andamos a punto de inventar la democracia real. Aquí, ya se sabe, siempre son legión quienes están de vuelta sin haber ido a ninguna parte. Así, la democracia representativa por la que aún nos regimos es para los más modernos de los nuestros asunto del pasado, otra herrumbrosa antigualla a olvidar. Al diablo, pues, con esa falsa democracia, la misma a la que en tiempos se le dijo "formal" y "burguesa". Hay que ir a una verdadera democracia, la mentada real, predican a diario los Iglesias, las Colaus, las Carmenas, los Mas & Cía. Antes de que todas esas mentes preclaras hicieran irrupción en el escenario, la democracia había sido entre nosotros, como en casi todas partes por lo demás, un simple método. Un método que permitía, y aún permite, expulsar del poder a los gobernantes ineptos de una forma civilizada, sin violencias, derramamientos de sangre u otros sobresaltos mayores.

Pero eso, decía, era antes. Ahora, la genuina democracia que traen bajo el brazo los pioneros de la nueva era dejará de representar una vulgar técnica para constituirse en una auténtica panacea. La novísima democracia que se nos anuncia constituirá, en puridad, la solución a los males de la patria. Empezando por el desempleo y terminando por la vertebración nacional, encontrarán al fin todos ellos su solución definitiva merced a tal pócima milagrosa. ¿Y en qué consiste ese maravilloso prodigio? Pues, muy sencillo, en la democracia real que se nos augura inminente los ciudadanos podrán votar sobre cuantos asuntos que les afecten en sus vidas cotidianas. Si en lo económico vamos a constituirnos en un clon de Dinamarca (pero sin pagar impuestos, claro), en lo político diríase que el modelo de nuestros preclaros visionarios es un territorio subestatal yanqui: California.

En California, la afición a la democracia directa, vía referéndums, compite en popularidad con el fútbol americano. Allí, todo se vota y todo se elige. Desde el nombre del sheriff del distrito a los tributos que las autoridades del estado pueden recaudar o no. ¿El resultado? Bueno, California vive en la quiebra permanente. Una bancarrota crónica a la que se ha llegado por la muy democrática decisión popular de bajar al mínimo los impuestos y aumentar al máximo los servicios públicos gratuitos. Vox populi, vox Dei. Huelga decir, por lo demás, que en la muy real democracia californiana los políticos electos pueden verse de patitas en la calle a medio mandato merced a la santa ira de los electores. Consecuencia inmediata, nadie se atreve a subir un impuesto en previsión de ser despedido en el acto. La receta perfecta del caos, vaya. De ahí que California resulte literalmente ingobernable. Y a eso vamos. ¡Ah, la sopa de ajo!              

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