Réplica a Javier González

En defensa de Antonio Robles

José García Domínguez
Un Javier González, que al parecer disfruta de algún carguito en Ciudadanos, confiesa rumboso en este mismo diario: "Yo a Antonio Robles le conocí por la prensa, cuando salió de diputado al Parlamento de Cataluña en el 2006, hasta esa fecha no había tenido ninguna referencia sobre su persona". Cumplamos, pues, con el mandato bíblico que prescribe enseñar al que no sabe. Vamos a ver, González, tome nota, por favor. Mire, allá por el lejano mes de enero de 1993, mientras usted debía estar viendo Los Ángeles de Charlie en su casa, Antonio Robles organizó en Barcelona el primer acto semiclandestino contra la persecución del español desde la muy violenta diáspora de todos los promotores del Manifiesto de los 2.300.

Claro, entonces no se pudo enterar porque la prensa local, tan obediente como suele, nada publicó y, huelga decirlo, usted, al igual que su jefe Albert Rivera, es de los que jamás se mojan si sólo hay mucho que perder y nada que ganar. Por eso, tampoco se dejó caer por La Verneda aquella tarde, cuando Robles presentó Extranjeros en su país oculto tras el seudónimo de Azahara Larra Servet. Usted no lo puede saber, pero aquellas catacumbas, las de la primera resistencia al catalanismo ya hegemónico, daban algo de miedo; bastante, si le he de ser sincero.

Repare en cómo lo recuerda, por ejemplo, Iván Tubau:

¿Miedo a qué? No se sabe muy bien. Miedo. ¿Miedo a encontrarse con un hatajo de fachas? ¿Miedo a que un comando de independentistas apalease a la concurrencia? ¿Miedo a las represalias de los jerifaltes de su universidad si se sabía que había ido? (...) Esos eran los miedos de casi todo el mundo, entonces, en relación con estos asuntos. ‘Mejor no meneallo’ era la consigna, una consigna tan implacable que ni siquiera se formulaba como tal casi nunca.

¿Se lo imagina, González? Qué listo fue usted durante todos aquellos años no queriendo saber nada de una causa, la de Robles, que únicamente le podía haber acarreado problemas. Problemas como los que padecieron en 1995 el mismo Robles y Francisco Bravo: cinco puntos de sutura en la cara para el segundo tras lanzar con suicida temeridad centenares de octavillas a favor del bilingüismo en pleno Palau de la Música, templo sagrado del imaginario nacionalista. ¿Le suena esa historia, González? Ya, usted tampoco estaba por allí aquella noche. ¿Y CADECA, le suena? ¿Y la Asociación por la Tolerancia? ¿Y Profesores por el Bilingüismo? ¿Y el Foro Babel? ¿Tampoco? ¿No? ¿Ni idea? 

Nada, pues a seguir gozando del carguito, hombre.   

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