Joan Puigcercós

El vivo y los muertos

José García Domínguez
Pontifica ahora el jefe parlamentario de los camisas negras que la política únicamente es asunto de “los vivos”. Quizá tenga razón. Pero si así fuera, habríamos de concluir que toda ella debiera ser jurisdicción exclusiva de este Puigcercós: no hay otro más vivo en el hemiciclo. Aunque algunos escépticos sostienen que, más que vivo, es cuco. Tan cuco –dicen– ha salido el cuate de Rubalcaba que sólo con dos pases de manos –nada por aquí, nada por allá… ¡alehop!–  habría alumbrado de su chistera madrileña al Hombre sin Pasado.
 
Tal es su destreza en el arte de birle birloque –insisten– que ya nadie será capaz de recordar al Joan Puigcercós de hace apenas un cuarto de hora. Ése no tan locuaz cuando los de Terra Lliure mataban a pensionistas de setenta años que pasaban por allí (con la Goma-2 no eran tan eficaces como apedreando la sintaxis). Y es que, hasta hace un rato, los fans del alter ego de Carod seguían convencidísimos de que la política era, por encima de todo, un asunto de los muertos; de muchos, muchos muertos; cuantos más, mejor.
 
Eso pregonaban en los no tan viejos tiempos, aquellos contemporáneos del Hombre sin Pasado. Fue en ese entonces cuando los vivos de Terra Lliure montaron una joint venture con los cucos de la Eta. Juntos y revueltos en alegre camaradería, organizarían excursiones a la armería del cuartel de Berga. Iban allí en busca de “guitarras” que tocar a cuatro manos. Porque –conviene repetirlo– hasta hace nada, apenas un momentito, la partitura de nuestros independentistas pata negra era idéntica, pero la música sonaba algo distinta: a ráfagas.  
 
Aunque Puigcercós ya no lo recuerda. Es lógico: ayer, el Hombre sin Pasado volvió a hacer dos rápidos pases de manos –nada por aquí, nada por allá… ¡alehop!– y se nos transmutó en el Hombre sin Memoria. De ahí que donde antes decía “pueblo armado, pueblo respetado”,  dijese que no, que nada de eso, nen; que lo que a él siempre le ha molado es lo de la paz y el diálogo y todo el rollo. Que sí, nen, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y a otra cosa, mariposa. Porque, desde ayer, nuestro Joan es un de esos privilegiados que disfrutan de la gran prerrogativa de los hombres sin memoria: jamás haber de arrepentirse de la menor mácula. Igual que antes saboreó el supremo privilegio de los hombres sin pasado: nunca rebajarse a pedir perdón por lo ocurrido hace nada, apenas un momentito.  Alguien –catalán, por cierto– dijo que la memoria es un gran cementerio. Qué gran suerte tiene el vivo Puigcercós: también lo oyó, pero tampoco lo puede recordar.            
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