El veto a Rajoy y Ciudadanos

José García Domínguez

En política, como en la vida, conviene no echar nunca un pulso a la realidad porque contra la realidad siempre se pierde. Y la realidad, plazca o no, es que Mariano Rajoy acaba de protagonizar en primera persona del singular un éxito electoral tan inexplicable como incuestionable. Así las cosas, no es de extrañar que, desde José María Aznar hasta un Francesc de Carreras, las mejores cabezas políticas del país, esas que tienen por norma llevarse bien con la realidad, hayan dejado entrever ya lo muy inevitable de que el de Pontevedra continúe alojado en la Moncloa, al menos, durante una temporada. Que dos referentes de universos intelectuales e ideológicos tan distintos y distantes vengan a coincidir, de modo tácito en el caso de Aznar, expreso en el de Carreras, en idéntica premisa mayor no debiera ser pasado por alto en las instancias rectoras de Ciudadanos. Y ello porque esa misma realidad, siempre tan tozuda, igual ha dictaminado que Ciudadanos se incorpore al Gobierno de España para, entre otras cuestiones no menores, evitar el inmenso ridículo planetario de una tercera llamada a las urnas.

Urge un Ejecutivo central provisto de los perentorios 176 escaños afines en el Congreso sin los cuales cualquier propósito de crear un mínimo clima de confianza en la vapuleada economía peninsular se reduciría a mera fantasía. 176 escaños que no existen a día hoy pero que existirán dentro de apenas cuatro meses, cuando se hayan celebrado las elecciones vascas y el PNV vuelva a verse libre para, como siempre, mercadear con sus votos en Madrid. Comercio al por menor en el que tampoco se harán de rogar esos dos isleños que, según parece, andan sueltos por la Carrera de San Jerónimo. En el fondo, pues, todo el problema consiste en cómo consumar los plazos de otra investidura de Rajoy mientras Urkullu guarda las formas abertzales en Vitoria y los canarios dejan de cantar hasta el otoño.

Cualquier otra hipótesis nos abocaría al mismo riesgo sistémico en que incurrieron Pasok y Nueva Democracia tras dejar en manos de Syriza el monopolio absoluto de la oposición en el Parlamento de Atenas. Una lección, la griega, que todos, incluido Ciudadanos, deberían tener bien aprendida a estas alturas. Porque en la circunstancia presente española, para nada equiparable a la alemana, la Gran Coalición con que todavía fantasea Rajoy sería, en realidad, la gran apuesta a la ruleta rusa. Algo muy bueno para el PP pero muy malo para el sistema. Y el sistema, pese a la carambola del 20-D, no está para bromas. Ahora toca, en fin, jugar los minutos de la basura, a la espera de que el Godot Urkullu resuelva su papeleta doméstica en octubre. Ergo, la realidad impone que el PSOE no vote en bloque contra Rajoy y Ciudadanos tampoco. ¿O acaso alguien piensa echarle un pulso?                 

A continuación