Ley del Cine

El ultimátum de Bardem

José García Domínguez

Como todo el mundo sabe, la excepción cultural de Francia consiste en que nadie está dispuesto a soltar seis euros a cambio de tragarse una película francesa. Y aunque el asunto no tenga más misterio que ese, recuerdo que, no ha mucho, el director de la Cinemateca Francesa creyó necesario plantarse en Madrid para explicárnoslo en vivo y en directo. Pues, al parecer, el objetivo estratégico de Serge Toubiana no se limita a acabar con el cine francés, algo que por lo demás ya logró hace tiempo, sino que también ansia liquidar el del resto de Europa. "La excepción cultural triunfará en toda Europa, incluida España", fue la primera amenaza que lanzó a los plumillas sólo bajar del avión; antes de confesarles, orgulloso, que, por supuesto, él obliga a sus compatriotas, que con buen criterio detestan la filmografía nacional, a pagarla religiosamente.

Viene ese triste asunto a cuento porque, ayer, me acerqué (¿por última vez?) a una de las escasas infraestructuras de la que los barceloneses nos podemos sentir legítimamente orgullosos: el Cinesa Diagonal; sin duda, de los mejores locales de cine que hay en España. En fin, tras pagar la entrada, pensaba que sólo iba a ver El ultimátum de Bourne. Sin embargo, la primera imagen que me asaltó allí dentro fue la de un gran cartel en el que, sobre fondo negro, se leía: "Apreciados clientes, en caso de que el nuevo proyecto de la Ley del Cine llegue a aprobarse en el Congreso de los Diputados, esta empresa se verá obligada a cerrar sus instalaciones".

"¿Acaso existe algo más noble y correcto que dormir?", solía interrogarse don Josep Pla mientras liaba con parsimonia un caliqueño –el maestro jamás fumó tabaco de importación para no provocar una eventual depreciación de la peseta por culpa del déficit de la balanza comercial–. Uno siempre recuerda aquella sabia máxima cuando, engañado por algún amigo, se ve derrumbado en la butaca de un local donde se proyecta cualquier película española. Empresarialmente, mediocre; socialmente, parasitaria; estéticamente, ramplona; políticamente, sectaria; nuestra "industria" del cine resulta infinitamente más nociva que la francesa, que ya es decir.

No obstante, como ha constatado que el personal de aquí tampoco se muestra dispuesto a entregarle su dinero de grado, también ha decidido arrancárselo por la fuerza. Después del numerito pacifista de la Gala de los Goya, Javier Bardem se lo dejó muy claro a la Calvo: "Ganar las elecciones no es un cheque en blanco". Y tenía razón, el pájaro. Porque el cheque en blanco –con cargo al erario, of course– hay que regalárselo a él para que vacíe las salas de proyección. A imitación, por cierto, de lo que ya hicieran antes los sátrapas del Partido Comunista Búlgaro con su tío, Juan Antonio, cuando le financiaron aquella hagiografía de Dimitrov a mayor gloria del muy ilustre gremio de charcuteros de la Komintern.

Pues, nada, Javier, a seguir así, agrupados todos en la estafa final. Ya ves, de momento, vais a conseguir que quiebre la mejor sala de Barcelona. Y eso sólo será el principio.

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