Cumbre de Washington

El triunfo de la socialmemocracia

José García Domínguez

Si aún fuese cierto aquello de que la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero, no acabaría de entender uno la polvareda que han levantado las cogitaciones del vicesegundo del PSOE a propósito de la tenida de Washington. Con extraña, inopinada lucidez barruntó Blanco que "menos mercado y más Estado" podría ser la sentencia lapidaria que resumiera las tediosas letanías de ese funeral ecuménico concelebrado en memoria del capitalismo liberal. Y, de entrada, uno andaba tentado de admitir que el gallego tenía más razón que un santo de palo. Mas no; ni hablar del peluquín, nos alertaron los avisados.

De las palabras de Blanco no habría que hacer caso alguno por eso de que es tonto, el pobre (de ahí que haya ganado dos elecciones generales seguidas al mando de las campañas del Partido Socialista). Muy al contrario, según los listillos de la derecha, una coyuntura en que la economía a duras penas logra mantenerse en píe gracias a que la Nación se pliega a transferir el quince por ciento de su riqueza a los banqueros, ha de ser descrita como un éxito indiscutible, indubitado y sin paliativos del libre mercado.

En fin, lo que no consiguió la deslumbrante capacidad de abstracción de Marx –enviar el capitalismo "al basurero de la Historia"– quizás lo logren esos figuras del establishment occidental que se han conchabado en la Casa Blanca para amputar la mano que mece la cuna del sistema. Y es que la gran máquina de producir riqueza que responde por economía de libre mercado sólo puede funcionar gracias al impulso de un único y poderoso motor: el infinito egoísmo individual. Al cabo, contra lo que predican los liberales doctrinarios y tal como sostenía Churchill a propósito de la democracia parlamentaria, el capitalismo es el peor de los sistemas económicos, si se excluyen todos los demás.

Y su único secreto estriba en que se ajusta como un guante de seda al más profundo –e inconfesable– imperativo de la naturaleza humana. De ahí su éxito. Pero también de ahí su gran talón de Aquiles: el riesgo moral. Pues esa lóbrega realidad que nuestro feliz Blanco celebra bajo el mantra de "más Estado y menos mercado", en puridad, significa: más y más incentivos institucionales para que los que han provocado esta crisis con su conducta irresponsable no sientan el más mínimo temor a volver a incurrir en idénticos riesgos demenciales en el futuro.

¿Y a semejante conquista del proletariado mundial le llaman un triunfo de la socialdemocracia? Como no sea de la socialmemocracia...
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