País Vasco

El triunfo de la ETA

José García Domínguez
Ocho años seguidos de victoria en victoria, hasta la derrota final; hasta ahora mismo, cuando, cautivo y desarmado el ejército constitucional, la tropa secesionista se apresta a alcanzar sus últimos objetivos. Porque la guerra casi ha terminado. Y la ETA está a punto de ganarla.
 
Que a la ETA la estrangulaba política y financieramente la Ley de Partidos. Bien, pues se viola la norma para que pueda oxigenarse a placer. Que a la ETA la paralizaba el Pacto Antiterrorista, porque la dejaba sin parejas de baile en el rito nupcial que precede a los convites por el control de las instituciones. Bueno, pues se entierra el acuerdo, y así dispondrá de vía libre para seguir ocupando áreas de influencia y poder. Que la ETA se había quedado sin el dominio de aquellos Ayuntamientos convertidos en checas rurales, bajo el único fuero soberano del hacha y la serpiente. Vaya por Dios, pues se mira hacía el otro lado de la montaña de evidencias probatorias, para facilitar que el PCTV se los devuelva. Que a la ETA la había derrotado policialmente la eficacia de los Cuerpos de Seguridad del Estado. En fin, pues se escenifica una tregua en cualquier caserío de Elgoibar y, a efectos adormecer a la opinión pública, que tornen a brillar esos destellos de la alquimia mediática que igual transmuta conejos en liebres que necesidades en virtudes. Da igual cómo, el caso es que gane la ETA.
 
Y es que la ETA debe ganar porque sus objetivos políticos son idénticos a los de las minorías que, cronómetro en mano, administran el tiempo que Zapatero habitará La Moncloa. Lo escribió Maragall en el libro que cuenta cómo romperá España: “Ganar en la lucha es saber absorber la energía del otro. Para pelearse, es preciso comenzar por abrazarse”. Fieles a su doctrina, los nacionalistas del PSC se aferrarían al PSOE hace algo más de un cuarto de siglo, al tiempo que los comunistas de las tierras vascas iban moviendo ese árbol del que ellos recogían nueces como el que más. Pero, hoy, ha llegado el momento procesal de talar el árbol. Y, ahora, la forma de la sierra es lo de menos. Así, explica pragmático el president: “Nosotros no nos tenemos que enredar con las palabras. ¿Soberanía?: llamadlo cómo queráis. ¿Método?: poco a poco. ¿Nombre?: cualquiera, aunque fuese Autoridad Catalana, o quizás invertir el eslogan chino en Hong Kong: Un sistema, dos naciones”.
 
Además, por si algo faltara, el pancismo nihilista, esa nueva religión de Estado que tiene por sumo pontífice a Rodríguez, ha obrado más que todos los crímenes de la banda a favor el desarme moral, total e incondicional, de una sociedad de por sí adocenada, como la española. Al fin, el largo camino hacia la rendición parece allanado. Ya no restan obstáculos en el horizonte. Avancemos, pues, todos juntos, y Josu Ternera el primero, por la senda catalana.
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