El tercero, Gadafi

José García Domínguez

"La comunidad internacional no puede mirar para otro lado", parece ser la consigna de la semana en tertulias y corrillos de enterados mientras Gadafi continúa ejercitando sus dotes de carnicero en Trípoli. Por cierto, un quehacer vocacional, el de matarife doméstico, en el que ya había demostrado sobrada pericia en 2007, cuando plantó la jaima en España para marcarse una juerga flamenca antes de ser homenajeado con todos los honores por Zapatero y el jefe del Estado. Suena bien, por lo demás, eso de la comunidad internacional y sus muy altos e irrenunciables cometidos. Lástima que a semejante entelequia le acontezca lo mismo que a los Reyes Magos y a la nación catalana, a saber, que no existe.

Tan no existe que, sin ir más lejos, la Liga Árabe anda dispuesta ahora mismo a girar la vista hacía donde sea, a cualquier parte, menos al Magreb y alrededores. A imagen y semejanza, procede recordar, de lo que en su día hiciera Europa, meliflua patria retórica de los derechos humanos, con sus Balcanes. Y es que, como siempre gustaba repetir Lord Palmerston a propósito del Reino Unido, los países no tienen amigos permanentes sino intereses permanentes. Al tiempo, acaso inconsciente, late bajo ese lugar común periodístico, el de la responsabilidad presunta de Occidente, aquel viejo sentimiento de culpa que agarrotó a Europa tras la descolonización.

El chantaje emocional que quería desviar la carga de la responsabilidad de las cleptocracias del Tercer Mundo a las antiguas potencias ocupantes. El mismo que persigue asignar a los pecados de Europa y Estados Unidos la causa última de cuantos desmanes acontezcan en las periferias asilvestradas del planeta. Ayer, por intervenir mancillando la sagrada soberanía de los pueblos. Hoy, por no intervenir absteniéndose de incurrir en tales simonías. Se echa de menos, sin embargo, en el recital de plañideras una premisa, la más básica, del pensamiento lógico: la consistencia. Así, ya todos parecen haber olvidado los bombardeos aéreos del ejército de Sadam contra los kurdos del norte de Irak. Un conato de genocidio con armas químicas, aquél sí, ante el que la progresía bienpensante invocaría el más escrupuloso respeto a las inviolables fronteras dizque nacionales del sátrapa. Pues allí, al parecer, no nos apelaba imperativo moral alguno. Vivir para ver.   

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