Monseñor

El tal Blázquez

José García Domínguez

Con un "desmentido" que nada desmiente ha venido a acreditar monseñor Blázquez que no solo aprendió eusquera cuando su plácida y silente estancia en el País Vasco, allá en los años del plomo. Pues parece que no únicamente adquirió singular destreza en el arte de nadar y guardar la ropa. A lo que se ve, también el arzobispo de Valladolid ganó alguna pericia en otro proceder nada bíblico: el de tirar la piedra y esconder la mano. Así, al sibilino modo, quiere nuestro páter, tan cauto él con los bárbaros del norte, afear la conducta a una representante electa de la Nación española, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría.

A su ilustrísima no le place que el pregón municipal de la Semana Santa vaya a ser leído por alguien que contrajo matrimonio civil. Y tal hizo saber a cuantos concedieron escucharle. Sin embargo, al trascender la noticia, don Ricardo corrió a parapetarse tras el "off the record". Al respecto, bien sabe monseñor que un ministro de Cristo no puede conocer otro "off the record" que el que emana del sacramento de la confesión. Circunstancia que no se parece corresponder con sus gastronómicas cuitas con la prensa doméstica. Y, para acabar de arreglarlo, pretende el mitrado que se le provea de "una terna" de pregoneros. Gusto, ése suyo por las ternas eclesiales, que Blázquez parece compartir con el difunto general Franco, gran aficionado al mismo deporte como habrán de recordar en el Vaticano.

Y es que algo tiene monseñor de Papa Luna mesetario. Vaya usted a saber, acaso piense, como Sartre, que el infierno son los otros. Sea como fuere, es lástima, y grande, que ese súbito rigorismo no le asaltara durante su discreta etapa vascongada. Porque nadie recuerda queja ninguna de monseñor cuando los hijos de Sabino Arana –y de Satanás– se enseñoreaban de sus templos, llenándolos de oprobio. Quién habría de reconocer a aquel manso pastor de ovejas descarriadas en este gallardo y altanero don Ricardo. Es sabido, sí, que con los obispos ocurre como con los soldados: el valor se les supone. Aunque habría que hacer un supremo esfuerzo de imaginación para adivinar bajo aquella esquiva sotana amedrentada al don Ricardo de hoy. El tal Blázquez que le decían. 

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