Estatuto

El secreto de la felicidad

José García Domínguez
Coincido con Arcadi Espada: lo bueno de ser catalán es que eso le otorga a uno el privilegio de poder decirse español. Del mismo modo, asiento retrospectivamente ante el ciudadano Jaucourt, quien animado por los enterradores del Antiguo Régimen a definir el término Patrie en la Enciclopedia, escribe: “La patria no es simplemente, como cree el vulgo, el lugar en donde hemos nacido, sino el estado libre del que somos miembros y cuyas leyes garantizan nuestras libertades y nuestra felicidad”.
 
De ahí que si mi felicidad viniese garantizada por una norma que ha de prohibir terminantemente a Pepe Montilla y a Manuela de Madre educar a su ingente prole en castellano, yo sería un patriota catalán. Pero como esa eventualidad me provoca un cóctel de pena (propia) y vergüenza (ajena), no lo puedo ser. De idéntico modo, si hubiera de procurarme inmensa dicha la promesa de que mis impuestos dejarán de socorrer a aquellos parientes que despidieron a Pepe y a Manuela en el andén al arrancar el “Shangai”, yo sería un patriota catalán. Mas como tal augurio despierta en mí el sentimiento opuesto (la tristeza infinita por la condición humana), persisto en no poder serlo.
 
Por lo demás, si mi patria aún fuera la libertad, la única turbación de mi existencia consistiría en ocultarle a papá aquel cate en mates, y así salvar los veinte duros de la asignación para pasar el finde de marcha. Lástima que Violeta Parra compusiera lo de volver a los diecisiete pensando exclusivamente en Rodríguez, y no en el resto de la tropa. Porque ésa es la triste razón de que ahora mismo relea –con preocupación– los Diarios de Gombrowicz. En concreto, el capítulo donde narra que hubo de abandonar a toda prisa su profesión de abogado y su patria, Polonia, cuando se descubrió incapaz de distinguir a los jueces de los criminales al cruzárselos por los pasillos del Palacio de Justicia. Y es que tampoco llena mi alma de contento ese anhelo estatutario de que sólo algún compañero de pupitre de Pasqual Estivill haya de juzgarme por mis pecados. Se agranda, pues, mi horrible tara: no puedo ser un patriota catalán. En fin, aún podría hacer de mí un patriota doméstico que se me hinchase el pecho de gozo al tener noticia de que al Defensor del Pueblo va a prohibírsele cruzar el Ebro. Sin embargo, para mi desdicha, sigue sin ser el caso.
 
Decía un tal Voltaire, que debía ser otro facha de cuidado: “En una verdadera patria, el individuo vive bajo la protección de las leyes y se siente una parte de la comunidad y de la soberanía: He ahí mi patria”. Y he ahí, de paso, el origen del deseo ferviente que me embarga desde hace dos semanas: dejar de ser catalán. Rodríguez: guárdate tus ocho parches Sor Virginia donde proceda, y permíteme seguir teniendo una patria de verdad, hombre. Déjame continuar siendo español, como hasta ahora. Como tú, mal que te pese.
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