Mensaje de Navidad

El Rey dicta sentencia

José García Domínguez

Cuenta no la leyenda sino el catedrático Antonio Elorza que, días antes de que una soldadesca beoda irrumpiera en el Congreso, esto es en vísperas del 23-F, el príncipe Felipe, un niño muy observador que algo anómalo percibía en el ambiente, inquirió a su padre por lo que estaba sucediendo. Y que, tal como el propio apelado revelaría al mismo Elorza, se le contestó lo que sigue: "Nada, hijo, que papá ha dado una patada a la Corona, ahora está en el aire y ya veremos dónde cae". Ya se sabe, cosas de Su Majestad. Pese a ello, y contra lo que predica cierta maledicencia secular, no parece por entero contrastado eso de que los Borbones ni nunca aprenden ni nunca olvidan.

He ahí, sin ir más lejos, el mensaje último de Navidad, una refutación en toda regla de la especie. Y es que, pese a los achaques de la edad, don Juan Carlos, un hombre cuyo oficio le obliga a ser monárquico, acaba de demostrar una rapidez de reflejos que para sí quisiera su regia esposa, señora tan dada últimamente a los patinazos en la prensa del colorín. Como sus extraviados yernos, también ella inconsciente de lo sencillo que resulta desfilar camino del cadalso mediático, el sucedáneo posmoderno del potro de tortura medieval. Así, marcando las distancias con su propia sombra al modo de Lucky Luke, el Rey se ha apresurado a trazar un cortafuegos moral entre el heredero al Trono y la presunción de inocencia de su voraz parentela.

Súbito acceso de lucidez, el del soberano, al que acaso no sea ajeno el aviso de la última encuesta del CIS. Esa cata demoscópica en la que la Monarquía, una institución cuya precaria legitimidad democrática únicamente se asienta en factores de orden estético, recibió el suspenso popular por vez primera – apenas un triste 4,8 sobre 10–. Inquietante aritmética, la que refleja el sentir siempre errático de la opinión pública, que iguala a la Casa Real con los principales actores del orden constitucional, el Parlamento y los partidos políticos, en el repudio mayoritario de la población. Todo un síntoma de descomposición latente que no solo al Rey y a los más devotos fieles de la estirpe debiera preocupar. Y mucho.

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