El referéndum catalán y los cuentos chinos

José García Domínguez

En España, resulta sabido, gozan de gran predicamento popular las leyendas urbanas. Es muy celebrada la de los cocodrilos que habitan en las cloacas de Nueva York, destino al que llegaron dándose cates en caída libre por las tuberías de los edificios de la Gran Manzana tras deshacerse de ellos sus ingratos propietarios cuando solo eran crías. También gusta mucho la de la chica pálida que hace autostop en una carretera nocturna y luego desaparece sin dejar rastro tras pasar por cierta curva. No debe resultar extraño, pues, que igual disfrute de una legión de crédulos devotos la leyenda de que los catalanes poseían un enorme interés por votar en aquel referéndum del Estatut que le había prometido Zapatero a Maragall. Ahora, con la cantinela renovada del referéndum consultivo pero vinculante o viceversa, quizá convendría repasar, solo a efectos desintoxicadores, cuál fue el real grado de implicación de la población local en aquel asunto. Porque resulta, oh sorpresa, que a los catalanes les importaba una higa el cacareado nuevo Estatut.

Tan poco les importaba aquel asunto que no fue a votar nadie. De ahí que, tras años de darnos a todos la matraca del Estatut, solo concurrió un pírrico 50,6% del censo. Una abstención récord que, tratándose de consultas plebiscitarias, solo ha sido superada hasta la fecha por el referéndum de la Constitución europea, que cosechó un desentendimiento del 59%. En cuanto a los votos a favor, resulta que aquella presunta reclamación casi unánime de la población catalana para conseguir una nueva relación jurídica con el resto de España, el cuento chino que aún hoy se nos sigue vendiendo, apenas obtuvo los votos favorables de un miserable 35% de los mayores de 18 años cansados en la demarcación. Ni le importaba a casi nadie, ni lo votó casi nadie, ni, y esto es lo mejor, pasó tampoco nada en las siguientes elecciones autonómicas. Cita en la que ERC sufrió un severo batacazo, reduciendo su representación en el Palament hasta un insignificante 7%. Contra lo que sostiene el cuento chino oficial, el procés fue hijo de la gran crisis económica posterior a la burbuja, no de la imaginaria frustración popular por la sentencia del Estatut. Eso solo es relato, que dicen los plumillas.

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