El PSOE no va a desaparecer

José García Domínguez

El temor que a estas horas atenaza hasta la parálisis la columna vertebral del establishment, el pánico ante la expectativa de que el PSOE acabe más pronto que tarde como el difunto Pasok, tiene muy escaso fundamento racional. El PSOE no va a terminar igual que el Pasok, del mismo modo que el Partido Socialista Portugués tampoco lo hizo pese a haber cargado con las draconianas mutilaciones del gasto social que le impuso la Troika tras verse intervenido el país. El PSOE no va a desaparecer del mapa por una razón simple: porque el sistema político-institucional español, al igual que el luso, no es, pese a todo, similar al griego. El Pasok no falleció de muerte natural a causa del colapso financiero de Grecia, sino por mor de la muy específica naturaleza clientelar del Estado heleno. A fin de cuentas, la economía de Portugal ha atravesado (y sigue atravesando) una situación en absoluto tan distinta a la que padece Grecia, pero con la diferencia, para nada baladí, de que el Estado portugués, un aparato administrativo muy viejo y con raíces y tradiciones internas que se remontan a mucho antes la implantación del orden democrático, nunca ha terminado de ser colonizado por los partidos. Al contrario de lo que desde siempre ha sucedido en Grecia, en los dos países de la Península Ibérica no son los partidos quienes controlan el Estado, sino viceversa.

A través de la aristocracia funcionarial, la que integran esos cuerpos de elite cuyo miembros migran hacia las cúspides de las organizaciones políticas vía cooptación, desde los abogados del Estado a los técnicos comerciales, desde los inspectores de Hacienda a los fiscales, desde los diplomáticos a los registradores de la propiedad, es el propio Estado quien en realidad tutela a los partidos, no al revés. En ese sentido, la España contemporánea constituye un curioso híbrido entre esa variante de la cultura jacobina que representa Portugal y los vicios clientelares asociados al populismo institucionalizado, taras congénitas de la Grecia moderna. Así, la Andalucía de Susana Díaz, la Asturias del cariacontecido verdugo Fernández o la Galicia de Feijóo, territorios crónicamente deprimidos cuyo subsistema político se sustenta en el reparto selectivo de pequeños favores y empleos menores en la Administración por parte del poder a cambio de obediencia en las urnas, poco tienen que envidiar a Grecia: se parecen como gotas de agua. Al cabo, la desmedida hipertrofia funcionarial de Grecia no se aleja demasiado del panorama que rige en la Diputación de Orense, la mayor empresa de empleo temporal de toda Galicia, o en la Sevilla del enchufismo masivo y el nepotismo sin complejos.

Nuestra pequeña Grecia son las administraciones autonómicas de la España precapitalista, premoderna, ineficiente y subsidiada. Frente a ella, el Estado central se conduce dentro de estándares de racionalidad burocrática y sometimiento a normas impersonales más o menos homologables con los de la Europa desarrollada. En Portugal, un lugar casi tan pobre como Grecia, el Partido Socialista ha sobrevivido a una crisis económica casi igual a la de Grecia por una única razón: porque los portugueses nunca, ni antes ni ahora, han esperado nada del Estado en forma de dádivas individuales, regalos privados, nóminas públicas infladas o demás cambalaches por el estilo. Una tradición de integridad en la gestión de la cosa pública a la que ayuda, y mucho, el hecho de que el sindicato más fuerte del país, la CGT, sea una organización de estricta obediencia comunista, por tanto alejada de las relaciones de promiscuidad y compadreo con los dos partidos gobernantes que se turnan en el poder, el PSP y el PSD. Imposible un caso ERE en Lisboa. El Pasok se extinguió de repente el día en que ya no hubo nada que repartir entre su clientela. Lo mismo que le sucedería, por cierto, a la alegre golpista Susana Díaz si mañana le cerrasen el grifo del dinero desde Madrid. Y no solo a ella: medio PSOE es eso, siempre ha sido eso y nunca dejará de ser eso. Pero la otra mitad, el PSOE urbano, el las clases medias, el de los profesionales cualificados, el de las regiones industriales, el que tributa por IRPF, ese seguirá estando ahí, caiga quien caiga. Incluido Sánchez.

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